Rubén Bravo

Corría el año 67 del siglo pasado cuando llegué a Latacunga, ciudad famosa por sus hallullas y quesos de hoja, a la que conocí de paso a Quito.  Venía de un lugar de clima primaveral y por ello el aire frío de la ciudad me impactó, pero me fui acostumbrando por su pureza. Al recorrer sus  estrechas calles de  piedra me vino a la memoria la ciudad de Praga, con similares calles y el ambiente frío que predominaba en el  septiembre otoñal del 59 en que la conocí. Había pocos habitantes, pues muchos habían emigrado a Quito. La ciudad era muy limpia; los quiteños -con su sal- decían que “era limpia porque no había quien la ensucie”; los lunes  quedaba casi desierta, ya que la gente iba a las compras en la feria semanal de Ambato.

   Pocos taxis, que servían a la ciudad, se estacionaban en la esquina del parque Vicente León, en la Quito y Padre Salcedo, que aún no era peatonal,  eran conducidos por sus propietarios: Julio Garzón, Santiago Longo, Benigno Vega, Luis  Maldonado, Luis Martínez,  Rafico Almeida, todos ellos honrados, amigables y respetuosos, trabajaban desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde; en la noche no había un solo taxi disponible. Esos vehículos -de marca Buick, Ford o Chevrolet- eran enormes, sólidos, de gruesas latas, de seis cilindros que consumían grandes cantidades de gasolina. Para los viajes a Quito se empleaban las busetas del emprendedor Ciro Gordillo.

En la casa esquinera de la Quito y Padre Salcedo se ubicaba la cafetería L’Ermitage, media cuadra más arriba, en la Quito, estaba el almacén de Celso Granja, distribuidor de las máquinas Singer.  Al otro lado del parque, en la Sánchez de  Orellana funcionaba el Banco La Previsora, en cuyo segundo piso se ubicaba el Juzgado Primero Provincial, así como la emisora ORC (Organización Radiofónica de Cotopaxi), del señor Carlos Morán, y dos oficinas de abogados. Dos hoteles daban alojamiento a los escasos turistas, el más antiguo era el Estambul de Manuel Espín, y el Municipal, que fue arrendado por Jorge Yarad, ambos tenían servicio de restaurante.

    Eran contadas las tiendas y almacenes, entre ellos recuerdo: el de telas, más popular, el de Rosita Oña, y el de casimires y telas finas el de Jorge Baduy. Una ferretería bien provista establecida en El Salto, cerca del puente Cinco de Junio, fue la de un señor Orbea; el almacén de la Philips, de radios y artefactos eléctricos, era propiedad del señor Padilla; en la calle Sánchez de Orellana frente al parque Vicente León, junto al Banco la Previsora, estaba el almacén de radios y aparatos eléctricos del señor Juan  Viteri. La familia Sansur tenía una ferretería en la Padre Salcedo frente al parque; y en la Quito, junto a la Gobernación, estaba un bazar de cristalería, lámparas y adornos  de un señor Naveda.

Muchos de esos establecimientos han desaparecido, al igual que sus dueños. La mejor tienda para aprovisionarse de toda clase de golosinas, incluidas las  hallullas y los quesos de hoja, era de la Srta. Rosario Razo; casi todos los viajeros en tránsito, desde el sur hasta Quito, pasaban haciendo sus compras en esa tienda. Igual ocurría con las tradicionales chugchucaras,  vendidas en diferentes salones en la  calle Quijano y Ordóñez al sur del CEMAI, local ocupado hoy por la Politécnica del Ejército.

   En ese entonces la Corte Superior, fundada pocos años antes, tenía tres Ministros con una sola Sala, Los abogados que ejercían no pasaban de 20, al igual que los médicos.

   Las familias más antiguas y numerosas  que conocí eran las de los Naranjo, los Terán, los Varea, los Egas, los Quevedo, los Lanas, los Ricaurte, los Maldonado, los Subías, los Carrera.

   La vida en la ciudad era plácida, tranquila, todos eran conocidos, había  respeto y consideración mutua, las personas andaban a veces solas, sin temor, aún en horas de la noche, pues no había asaltos ni robos, ya que la mayoría de la gente era pobre, pero honrada y buena.     

   Había dos clubes, el uno social y el otro deportivo, el primero el Club ‘Cotopaxi’, en el que se reunían comerciantes, abogados y las personas más destacadas de la ciudad, para jugar billar, póker, rummy o  cuarenta, y el segundo el Tenis Club,  situado en la manzana que hoy ocupa la Función Judicial, tenía una cancha de ladrillo y un edificio de una planta con un amplio salón en el que se realizaban los bailes de gala de la sociedad,

   El colegio más antiguo era el ‘Vicente León’, su edificio ocupaba una manzana entera, tenía una piscina y canchas de basquetbol, un teatro en el que también se proyectaban películas, así como en el piso alto un amplio salón para las sesiones solemnes del colegio, en el que  también se realizaban bailes sociales. También existían dos colegios femeninos, el uno de religiosas y el otro, fundado aproximadamente a mediados del siglo pasado, el ‘Victoria Vásconez Cuvi’, y la escuela fiscal de varones ‘Isidro Ayora’ y la de mujeres ‘Elvira Ortega’.

   Para la atención a los enfermos funcionaba el  Hospital General, situado en el parque La Filantropía, y una Clínica del Seguro Social, ubicada en la plazoleta de San Agustín.

   Esa era la ciudad a la que llegué a prestar mis servicios profesionales de abogado, en el cargo de Secretario Relator de la Corte Superior de Latacunga; ciudad en la que vivían mi  mamá, mi hermana, casada con un distinguido abogado latacungueño y sus tres hijas e hijo, mis queridos sobrinos

    Aquí desarrollé el 80% de mi carrera profesional, ascendiendo paulatinamente, gracias a un trabajo honesto y eficiente, desde Secretario a Juez y Ministro de la Corte Superior. Esa conducta de servicio honrado, de atención imparcial a todas las personas  observada en mi actividad, fue reconocida por los abogados en libre ejercicio que día a día recurrían en busca de justicia, y fue reconocida también por los ciudadanos que llegaron a conocerme en diferentes ámbitos de la vida social y cultural.

   Llegué a conocer todos los barrios y rincones de la ciudad y de sus alrededores, sus parroquias, sus antiguas haciendas, grandes y pequeñas, y todos sus cantones, desde  Salcedo, Pujilí y Saquisilí, los más cercanos, hasta los más lejanos como Sigchos, La Maná y Pangua.

   Aquí me casé con la mujer que más he querido en mi vida, aquí nació un hijo mío, aquí alcancé la plenitud de mi desarrollo intelectual y profesional, aquí tuve compañeros y amigos inolvidables. Por eso, y por mil razones más, amo a esta hermosa tierra, albergue del Cotopaxi, coloso de los andes.  (O)