Allí estaba yo, en medio de aquellas grandes tiendas departamentales, sin poder creer que una chompa costara $30, un saco a $10 y un par de zapatos de marca a $40. Al estar acostumbrada a los precios de Ecuador, aquella primera visita a Chile, justo en temporada de ofertas, resultaba demasiado tentador. Y es que no solo eran los descuentos, sino también los diseños de las prendas, la cantidad de marcas en un mismo sitio, el tamaño y decoración de las tiendas… Inevitablemente compré ropa para mí y mis seres queridos; incluso estuve tentada a comprar algunas prendas para venderlas a mi regreso. Por desgracia, justo en aquel viaje, había llevado una pequeña maleta y el tiempo era corto. Me quedé picada, prometí volver una próxima ocasión y comprar más.
Nunca imaginé que la siguiente vez, fue para quedarme definitivamente en Chile. Con el tiempo dejé de sorprenderme con las ofertas, que había todo el tiempo, y puse mi atención en el origen y calidad de las prendas. Independientemente de la marca, la gran mayoría de la ropa es fabricada en China y en general son hechas de poliéster con muy poco porcentaje de algodón. Los diseños son hermosos, siempre acorde con las últimas tendencias; pero con suerte resisten al año. Las prendas se decoloran, se encojen o simplemente se rompen, en el mejor de los casos se regalan o se usan para la limpieza, sino van a parar al tacho de basura. Ante ello no queda más que volver a la tienda para comprar más, y se repite nuevamente el ciclo.
No es un tema de mera casualidad o mala suerte, todo esto es parte de una estrategia de las marcas y se denomina moda rápida. Las empresas lanzan continuamente nuevos diseños a precios accesibles, hacen potentes campañas de publicidad principalmente en redes sociales y crean en los usuarios la urgente necesidad que ante los tentadores precios inevitablemente sucumben y compran. Zara, la marca pionera en la moda rápida, por ejemplo, lanza 65.000 nuevos modelos cada año.
Lindos diseños a precios convenientes, parece ser la combinación perfecta. Pero, no todo es color de rosa, el impacto ambiental es alto. Se incurren a materiales principalmente sintéticos y la fabricación casi siempre es en países como Bangladesh, China, Vietnam… con mano de obra barata y en condiciones laborales precarias, donde incluso niños son explotados. La producción ha incrementado precipitadamente, se estima que se fabrican 100.000 millones de prendas al año cuyo principal destino son los vertederos, solo el 1% de se recicla. La moda rápida es responsable del 20% de la contaminación industrial del agua y el 10% de las emisiones. Adicionalmente, las prendas sintéticas al lavarse, desprenden micropartículas plásticas que inevitablemente van al océano. Hoy en día la industria de la moda resulta la segunda más contaminante después del petróleo.
Datos alarmantes, que pueden complicarse aún más en los próximos años. Con esto, no me refiero a que desistamos de vestirnos con estilo; pero sí a cambiar nuestro consumo y consideremos hacerlo a la inversa de la moda rápida: comprar menos y usar más. Nuestra decisión de compra no solo debe ser basada en el bajo precio, sino también convencidos de que necesitamos esa prenda y la usaremos. A todos alguna vez nos ha pasado que compramos motivados por el precio, pero a la larga nunca usamos aquella prenda y termina guardada indefinidamente; resulta dinero y espacio desperdiciados.
Otra solución es comprar y apoyar a los emprendedores y pymes locales que ofrecen ropa elaborada con materiales de calidad y prácticas sustentables. Incluso podemos recurrir a las hábiles costureras y zapateros para dar una nueva oportunidad y diseño a las prendas.
También podemos optar por la ropa de segunda mano. Dejemos cualquier prejuicio relacionado y aceptemos que hoy en día también es tendencia.
Tomemos conciencia que, aunque las prendas de moda rápida sean hermosas y a precios tentadores, el costo para el planeta y las personas que trabajan para fabricarlas es muy alto. Los grandes cambios, se toman con acciones. (O)