“En mis tiempos, no era así”, una frase que es comúnmente utilizada por los adultos para manifestar los cambios radicales del tiempo. Personalmente me resistía a utilizar dichos términos con el afán de no caer en el pasar de los años, sin embargo, al ver lo drástico que el medio y las situaciones se han ido transformando, con resignación me atrevo a decir: “En mis tiempos no era así”

Con nostalgia y orgullo pertenezco a la generación de aquellos niños que disfrutábamos de los juegos en los patios de la escuela, del grupo de amigos en el parque y las salidas de campo. Pertenezco a una generación de adolescentes donde las amistades eran personales y directas, la mayor comunicación a distancia era a través de las largas conversaciones por teléfono fijo, las cartas de amor, los saludos en los programas de radio y las postales de amigos en otros países. Algo que poco a poco ha ido desapareciendo y que las nuevas generaciones no vivirán, porque en su lugar tienen internet y teléfonos inteligentes. Invenciones que han acortado impresionantemente el tiempo y la distancia, han transformado las relaciones sociales y también nos han invadido a las generaciones anteriores.

La comunicación gira entorno a Facebook, Twitter,  Instagram o WhatsApp; nuestras experiencias se reflejan en fotografías (muchas de ellas sorprendentemente retocadas); nuestros sentimientos se manifiestan en emoticones y nuestras relaciones personales se resumen al número de amigos virtuales y la cantidad de likes. Hacemos negocios, conversamos, discutimos y hasta filosofamos a través de estos medios. Hoy, el tener un teléfono inteligente es algo fundamental; los llevamos por doquier: a las cenas familiares, el gimnasio, las clases, la oficina y hasta el baño.

 Si bien, estos recursos nos han ayudado a romper con las barreras del tiempo y la distancia; el problema es que nuestra atención se ha volteado abruptamente al uso permanente y hasta cierto punto dependiente de los dispositivos móviles y el mundo virtual que creamos en ellos; olvidándonos del presente y la realidad.

Debido a la pandemia, la transformación digital ha sido mucho más acelerada y masiva; las clases, el trabajo y el entretenimiento se han enfocado al uso del celular y el ordenador. De acuerdo al MINTEL, se tiene previsto que para el 2021 el 98% del país esté conectado a servicios de telecomunicaciones. Según la plataforma We are Social, hay 12 millones de usuarios activos en medios sociales, un equivalente al 69% de la población ecuatoriana. Mientras que el tiempo promedio invertido al día en internet es de 7 horas y en las redes sociales es de 2 horas.

Un número que sorprende y a la vez nos llena de interrogantes sobre el modo en que vivimos nuestra rutina. Es evidente que las redes sociales presentan grandes ventajas, pero también es importante considerar las consecuencias negativas en nuestra salud física y mental, nuestra seguridad y por sobre todo nuestra calidad de vida.

El mundo de la tecnología nos absorbe, pero existen detalles donde vale la pena actuar como en los viejos tiempos. Por esto no me refiero a aislarnos del mundo y a no tener teléfonos inteligentes o redes sociales; sino a redistribuir nuestro tiempo y atención a la realidad. Procuremos conversar más y chatear menos; vivir más experiencias y publicarlas menos; tener más relaciones reales y menos amigos online. 

No me cansaré de decir lo rápido que pasa el tiempo y lo fugaz que se vuelve la vida; vale la pena disfrutar al máximo la compañía de las personas que queremos y deleitarnos de las experiencias reales.(O)