Cortarle los pelos sin permiso a una persona es un acto reñido con el derecho a la libertad estética y al libre desarrollo de la personalidad. Es verdad, así lo dice la ley y así lo han dicho varias sentencias de varias cortes. Esto debe quedar claro desde el principio para poder tratar lo que viene. No nos referiremos hoy a este caso en particular que tanto ha trascendido.
Pero si hablaremos de las nuevas relaciones entre profesores y alumnos, donde los primeros se encuentran desarmados, sin herramientas para ejercer disciplina ni para hacerse respetar como educadores. Lo muchachos, de otro lado, han perdido la referencia y su lugar como educandos, consideran a sus profesores como iguales o como inferiores. Los padres de familia apoyan este proceso y miran a los educadores como empleados subyugados a los caprichos de sus hijos.
Pertenezco a una generación que dice “a mi también me pegaban y no me he muerto”. Si, en las escuelas nos castigaban físicamente, y aunque en algunos de nosotros eso no ha causado marcas, en muchos otros compañeros posiblemente si. En realidad era así: los que podíamos tener mejores calificaciones y cumplíamos las tareas, rara vez éramos castigados. Pero los menos afortunados, esos que sacaban malas notas pero tenían que caminar tres horas a la escuela con medio vaso de agua de panela en la barriga, esos si eran muy maltratados y hasta abusados.
Es verdad, no podemos intentar justificar la violencia que las generaciones anteriores han sufrido. Mucho menos pretender que esos tratos se mantengan hasta la actualidad.
Pero también es muy verdad que debemos encontrar mecanismos por los que los profesores mantengan su estatus frente a los educandos. Esto es indispensable para la misma formación de los estudiantes, quienes han perdido valores importantes como la disciplina, el esfuerzo, el orden, el civismo y hasta el respeto.
¿Cómo pueden los profesores hacerse valer, en un sistema donde todos son intocables? En todo nivel, nuestros muchachos son tratados como hijos de la nobleza británica. Cada vez que incumplen un trabajo son beneficiados de varias oportunidades de recuperación. Si al final del año, y pese a todas las oportunidades, siguen siendo tan mediocres que no alcanzan la calificación necesaria, tienen otras tantas oportunidades para dar supletorios, trabajos complementarios y demás.
¿Cómo puede la sociedad confiar en los profesionales del futuro, cuando no comprenden el concepto de “trabajo óptimo”? Es que la mayoría de ellos son calificados generosamente cuando presentan trabajos francamente mediocres. A esto, sumamos las universidades que a pretexto de derecho a la educación, gradúan profesionales como máquina canguilera. Ya ni siquiera podemos confiar en los más altos académicos, pues sus títulos de cuarto nivel suelen otorgarse en programas de posgrado de apenas meses de duración.
Hay que poner esto en perspectiva social. No es cuestión de ser permisivos con la vulneración de derechos, sino de poner las necesidades de la sociedad por sobre las del individuo y encontrar mecanismos de disciplina que nos permitan, a futuro, personas y profesionales de calidad.
Nuestra sociedad, la ecuatoriana, no puede seguir tolerando profesionales mediocres, juventudes ociosas y ciudadanos carentes de valores.
Modificar el sistema educativo es urgente. Y habrá que topar a quienes haya que topar. O no sobreviviremos como sociedad. (O)