Alan Cathey

El 9 de agosto recordamos el bombardeo nuclear de la ciudad de Nagasaki en Japón, el segundo, y por fortuna el último realizado por ese medio en la historia. Hace 77 años, tres días después de la destrucción de Hiroshima, se lanzó la primera bomba de plutonio sobre el puerto de Nagasaki, que en su momento, allá por el siglo XV, había sido el único por el cual las recién llegadas potencias europeas al escenario asiático, particularmente España y Portugal, estaban autorizadas a comerciar y aprovisionarse. Las autoridades japonesas del Shogunado, no toleraron que credos extranjeros actuaran como factor de división, apoyando a alguna de las facciones de la sociedad japonesa, en pleno conflicto de unificación interna, y Nagasaki, y el naciente Shogunato Tokugawa, ordena la expulsión de todas las órdenes religiosas del país. Tras este episodio, el Japón se cierra al mundo por 250 años, excepto por una isla artificial que se construye en la Bahía de Nagasaki, único punto donde los extranjeros podían comerciar. Recién en 1854, luego de que los barcos de una flotilla de combate americana, al mando del Comodoro Matthew Perry entraron a la Bahía de Tokio e impusieron un acuerdo para la apertura de otros puertos a los barcos occidentales, Japón decidió salir del mundo feudal en que se hallaba, pues la prueba de fuerza que recibieran fue decisiva para comprender que solamente a través de la modernización a marchas forzadas de sus instituciones, y la adopción de la tecnología, la ciencia, y las capacidades industriales del mundo occidental, podría Japón, en algún momento en el futuro, enfrentar con alguna posibilidad a las dominantes potencias europeas y a Estados Unidos. En un tour de force increíble, a los 50 años del traumático evento de la apertura a la fuerza del país, el Japón se convierte en la principal potencia en Asia Oriental, tras derrotar a Rusia en la batalla naval de Tsushima, en mayo de 1905. Tras esta victoria, Japón consolida su poder en Corea, efectivamente apoderándose de la península desde 1910, estableciendo un régimen colonial que se extenderá hasta 1945.

Durante los años posteriores a la I guerra mundial, Japón se transforma en una potencia militar y naval de primer orden, que   logra amenazar la indiscutida supremacía de los poderes occidentales en Asia Oriental y en el Pacífico.


A los 90 años de esa apertura forzosa, tras el segundo ataque nuclear sobre Nagasaki, el emperador Hirohito decidió la rendición del Japón, lo que puso fin a la II Guerra Mundial, a 3 meses de la rendición alemana en Mayo. La memoria de Hiroshima y Nagasaki, borradas de la faz de la tierra en segundos, por un instrumento de destrucción contra el cual no existe defensa. Los 130 mil muertos, en dos ciudades medianas de Japón, con dos bombas nucleares primitivas, deberían darnos la medida de lo que está en juego, ante las amenazas de Putin de usar armas nucleares, de llega a sentirse perdido en su aventura militar. Con el episodio de Chernobyl, quedó evidenciada la total indiferencia rusa, su incompetencia y secretismo, y el riesgo para su población y la de países vecinos. Sólo días después, tras las evidencias irrefutables que dimensionaron la tragedia, el gobierno ruso admitió lo ocurrido, sin asumir ninguna responsabilidad con los afectados, propios o ajenos. Para tratar de contener la radioactividad, envió a trabajar en la construcción de un enorme sarcófago de hormigón, a gente prácticamente sin protección, de la cual, muchos han muerto por envenenamiento radioactivo o sobrevive en una lenta agonía.

Lo que ocurre en estos momentos en la más grande central nuclear de Europa, en Zaporizhe, en la Ucrania ocupada, es ya motivo de grave alarma en Europa, ante los crecientes riesgos en la planta, por la irresponsable utilización de la misma para la ubicación de armamento pesado ruso, usándola como un escudo. Los antecedentes del manejo ruso de la situación en Chernobyl, en los pocos días que estuvo bajo su control al principio de la agresión, dan todas las razones para temer lo peor. La declaración de un vocero ucraniano, calibra precisamente el riesgo, pues el contenido nuclear de las bombas de Hiroshima o Nagasaki estaba en el orden de 10 kg., mientras que Zaporizhe tiene más de 1200. El desastre nuclear de Chernobyl quedaría empequeñecido ante uno 7 u 8 veces mayor. Cabe preguntarse si, ante la eventualidad de una recuperación de la planta por parte de Ucrania, el ejército ruso prefiera destruirla, al no podérsela llevar. Ya nada resulta descartable, pese al riesgo de semejante acción para la propia Rusia, sobre todo en la Crimea ocupada.


El principal vocero de la UE, el sr Borrell, ha expresado la preocupación de Europa, y ha exigido lo obvio, el retiro de las fuerzas rusas de la planta, y la presencia en ella de la Agencia de Energía Atómica de la ONU, que ha declarado estar lista para hacerlo. El balón está en cancha rusa. Habrá que ver su real voluntad. Que esa voluntad sea la del hombre que habla de usar liberalmente armas nucleares, si provoca escalofríos. (O)