Mientras por décadas o siglos hemos pasado preocupados de las terribles consecuencias que podría traer una súbita erupción del Cotopaxi, ciudades como Ambato casi han desaparecido por los terremotos. El egoísmo capitalino siempre habló de que repotenciar o mejorar un aeropuerto como el nuestro, sería prácticamente botar la plata a la basura, por el enorme riesgo que existe con el volcán.

Estos comentarios se han dado sin mirar al enorme volcán Pichincha, que no necesariamente necesita erupcionar, para causar una desgracia sin precedentes, sólo hay que ver la irresponsabilidad de la gente al talar despiadadamente las laderas, además de los continuos negociados de las autoridades permitiendo que las viviendas, suban sin medir el riesgo que esto significa, creando una verdadera bomba de tiempo, que con un aguacero fuerte, destruya cientos de viviendas a su paso, y se lleve consigo decenas de vidas humanas.

No hace falta estigmatizar a una ciudad o provincia durante toda la vida, si se sabe que con la naturaleza no se juega, y que se vive en medio del peligro inminente que solo un ciego no puede ver, sólo hay que ver hacia arriba, como se dijo antes, la tremenda inclinación que tiene el Pichincha, para saber que es una perfecta bomba de tiempo.

Sin duda que en Quito se están conjugando varios factores determinantes, que producirán, que un capítulo tan aterrador como el que se vivió en La Gasca, no sea la primera, ni la última vez que suceda. (O)