Navidad a las puertas y, a renglón seguido, Año Nuevo. Un ambiente de alegría es el común denominador del pueblo. Parece que los ánimos están sometidos a una especie de preparación para recibir un golpe de felicidad que momentáneamente, surte un efecto sedante en este pasar angustiado que nos vuelve pesimistas y desconfiados de augurios de mejor vivir.
De todos modos, es una promesa la Navidad. Todos se disponen a la generosidad; este sentimiento que, iluminada por igual a todo cristiano, no importa su condición ni clase. En la medida de sus posibilidades, todos o casi todos están dispuestos a dar. Entregar a las personas de su afecto no importa qué; pero lo que se impone en la Navidad es dar. Esto es la esencia de esta festividad dar, sentir el placer de dar; porque el dar alivia una especie de sentimiento de culpa que anida profundamente en el pecho frente a la necesidad, delante de la miseria.
La sociedad se despoja de complejos y egoísmos para llegar a los menesterosos, se prepara para acercarse al niño que no puede alegrar su Navidad con un juguete, con un caramelo.
Tiempo de reflexión, paz y unión familiar.(O)