A 20 años de dolarizarnos, podemos evaluar los efectos sobre nuestra economía. Es indudable que este hecho, el más relevante en materia económica en los últimos 100 años, ha generado confianza en los ecuatorianos sobre la certeza del poder adquisitivo, dando un piso firme a la economía, gracias a lo cual hemos crecido en términos reales, que se diluiría con moneda propia. El otro lado de la moneda se asemeja a una camisa de fuerza, que pesará siempre sobre los actores económicos públicos y privados. Es imposible esconder las ineficiencias locales, devaluando la moneda. Cualquier incremento en costos, se mantendrá y nunca bajará. Tampoco se podrán fabricar dólares, a capricho de los gobernantes.
Los costos estratégicos de la producción, como mano de obra, servicios públicos, transporte, impuestos, entre muchos otros, suben y nunca bajan. Por muy justificada el alza, perderemos competitividad con cada incremento, salvo que vaya de la mano con un incremento en la productividad, que nos permita competir con otros países, dentro y fuera del Ecuador. Esta desventaja no sería evidente, si la estrategia de crecimiento del país fuera “hacia adentro”, privilegiando la producción local con barreras arancelarias altas. Más, cuando se abre la economía para crecer “hacia afuera”, liberando las importaciones en busca de iguales ventajas en otros países a los cuales exportamos nuestros productos, estas diferencias se vuelven cruciales en determinar si podemos ganar mercados o perderlos.
La estrategia de crecimiento “hacia afuera” promete un crecimiento económico acelerado y sostenible, si somos capaces de identificar mercados y ofrecer calidad y precio competitivos. Ecuador ha desarrollado varios sectores con gran potencial de exportación, que deberían ser impulsados, pues generan empleo adecuado, divisas, impuestos y dinamizan la economía en general. Así lo ha decidido el gobierno de Lenin Moreno, una vez agotado el fracasado modelo de crecimiento hacia adentro, impulsado por la inversión pública. Los cambios han venido muy rápido y sin aviso hacia los sectores productivos, que vivieron una década de encarecimiento de su producción para engordar las arcas fiscales.
Esta es la razón por la que el aparato productivo en general, exceptuando algunos sectores dedicados a la exportación, se encuentran frente a frente con productores foráneos, cuyos gobiernos tienen larga historia de elevar la competitividad para ganar de forma leal otros mercados y defender los suyos. En nuestra región, podemos señalar Chile, Perú, Colombia y Brazil. México, miembro de la Alianza del Pacífico, compite desde hace décadas con Estados Unidos y Canadá, con gran éxito. Es imposible que Ecuador pueda enfrentarse a los sectores productivos de dichos países, sin corregir la gran distorsión que ha generado el modelo de desarrollo que imperó por una década.
Si se continúa con la apertura de otros mercados, que incluye abrir el nuestro a esos países, sin corregir la BAJA COMPETITIVIDAD que tienen los sectores productivos, incluyendo la agricultura de sustentación, la pequeña, mediana y gran industria, la ganadería, la avicultura y muchos otros, debemos esperar un decrecimiento de esos sectores, con consecuencias en el empleo y la inversión productiva, privilegiando al comercio de importación.
Para aprovechar las bondades del nuevo modelo, que bien puede ser sostenible a largo plazo, es impostergable la necesidad de volvernos competitivos, con la misma velocidad que se abren nuevos mercados. Esto protegería al aparato productivo nacional, sin proteccionismo, para colocarlo en igualdad de condiciones para competir dentro y fuera de nuestro mercado. Están en juego miles de puestos de trabajo de las clases más necesitadas. Siendo el Estado responsable de lo ocurrido, es URGENTE que corrija los errores que lo provocaron y nos devuelva la competitividad.
¡PARA MAÑANA ES TARDE! (O)