Pecaré de indiscreta, pero creo que es propicio compartir con ustedes la siguiente historia…  Tres amigas en un café tienen la típica ‘charla de chicas’; el tema central es sobre las últimas tendencias de cirugía para reducir medidas. Un maravilloso médico -a cambio de una considerable cantidad de dinero-,  con la habilidad de escultor quitaba los tan odiados kilitos demás y los añadía estratégicamente en otros sitios. Por aquellas cuatro cifras la cliente-paciente quedaba como nueva sin la necesidad de largos ejercicios o dietas rigurosas. Dos de las tres amigas conversaban maravilladas y planificaban cuándo hacer la cita con el médico milagroso, al mismo tiempo que elaboraban complejas operaciones con su presupuesto para alcanzar el monto de la tan ansiada cirugía. De repente, en medio de las risas y los planes, la tercera amiga que había permanecido silenciosa les dice: “con ese mismo dinero que invertirían en la cirugía, pagarían tres años de gimnasio, comprarían ropa nueva y estarían más sanas”.
Ante ello las dos amigas, con una buena dosis de decepción y enojo empezaron a exclamar una serie de justificaciones como: “No tengo tiempo para hacer ejercicio”. “Qué pereza”. “Es más rápida la cirugía”. “No hay gimnasios cerca de mi casa”, etc.
La amiga ‘aguafiestas’ era yo… Si bien la amistad persiste, todavía no logro entender cómo es posible invertir altas sumas de dinero en cirugías con el afán de evitar hábitos que más allá de la estética son por salud. Ojo, que no creo ser una persona deportista y amante de las ensaladas; pero sí considero que es sumamente necesario por bienestar físico y mental incluir alimentos nutritivos y realizar deporte.
Desgraciadamente en la mayoría de hogares de nuestro país se considera que las verduras y vegetales son alimentos para nada deliciosos, mientras que las frituras, los dulces y los carbohidratos son lo más frecuente y apetecido. En nuestro medio es normal para el almuerzo encontrar platos con montañas de arroz, grandes trozos de carne frita, papas y pequeñas rodajas de tomate tan solo como decoración.
A esta desorientada dieta se añade la falta de actividad física. La facilidad y el sedentarismo se han apropiado de muchos hogares. Ahora, utilizan el auto hasta para comprar a la vuelta de la esquina.
Como consecuencia: más personas con diabetes, obesidad  y problemas cardiacos. Lo más triste es que estas enfermedades no son solo en los adultos sino ahora cada vez son más los niños y jóvenes que las padecen.
El problema es que estamos tan acostumbrados a una vida sedentaria y una alimentación desordenada, que cuando como consecuencia aparece una enfermedad grave sólo ahí pretendemos cambiar nuestros hábitos. Lo más triste de ello es que en esas circunstancias resulta difícil, forzoso y frustrante. Cambiar toda una vida de malas costumbres se convierte en un verdadero reto y hasta un calvario.
Si nos llenamos de excusas para no adquirir una conducta basada en la buena alimentación y actividad física, seguramente cuando llegue una enfermedad lo haremos a la fuerza. Si decimos que no hay tiempo para cuidar nuestro cuerpo, lo habrá cuando lleguen los  achaques.(O)

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