Un simple virus inanimado ha sacudido las estructuras de salud del planeta y de paso arrasado las economías de casi todos los países. Esta catástrofe cobra vidas sin distinción de raza, credo o posición social. Más aún, sigue destruyendo las economías de los Estados, pocos de los cuales pueden sostenerse con sus propios recursos debido a la magnitud de la brecha que se ha abierto.

Con el tiempo que hemos tenido para meditar en este triste panorama, podemos esbozar un par de ideas que surgen sobre el futuro que nos espera. La primera reacción de la mayoría es buscar culpables, sugiriendo que esto se pudo haber evitado. Con el modelo imperante en nuestra Región, hemos vivido de las materias primas cuyos precios han repuntado de tiempo en tiempo, en función del crecimiento de otras economías. Fundamentalmente ha sido el petróleo que nos proveyó de la mayoría de ingresos.

Por el lado del uso de los recursos generados, no hemos podido “invertir” lo necesario en infraestructura productiva y de servicios para alcanzar competitividad frente al mundo globalizado que vivimos, despilfarrando la mayoría de ellos con un alto ingrediente clientelar, para asegurar la aprobación del electorado, cuyo apoyo es indispensable para sostener el proyecto político que cada sacrificado por el servicio público busca.  La calidad del gasto está en retroceso, gracias a las mal llamadas “reivindicaciones”, que son extorsiones políticas a las autoridades de turno, quienes las conceden a manera de rescate por su propia cabeza, ignorando que el extorsionado es el tan mentado “pueblo” que vive ajeno al alegre manejo que dan a los escasos recursos en beneficio de una clase política en contubernio con una “oposición” que lleva una parte y deja que lleven otra.

Así han transcurrido 48 largos años de petroleros, hasta estrellarnos con el planeta, con la ayuda del microscópico virus que ha desnudado nuestra triste realidad. Una mayoría de ciudadanos se acostumbró a vivir de las migajas dadivosas del Estado, con privilegios que alcanzan a los intermediarios que, enarbolando la bandera tricolor, han asegurado su futuro, mientras una gran mayoría vive en el convencimiento de que la culpa la tiene el “primer empleado del Estado”. La verdadera causa de la pobreza en que le han sumido a la mayoría, nunca se revela.

Sobre los escombros de nuestra destrozada realidad, es justo y necesario que los ciudadanos, dueños de su país, tomen las riendas y corran el telón para descifrar el contubernio que ha existido para lucrar de sus recursos, privilegiando los intereses personales y de grupos de poder que hábilmente se colocan en el grupo de los afectados, culpando de sus abusos a otros actores sociales y económicos que cumplen otros roles necesarios para la marcha de un país.

La clase política, compuesta por partidos y grupos de poder antagónicos, es responsable de haber usurpado y dilapidado los recursos que pasaron por las arcas públicas en cuatro décadas. Ese modelo ha fracasado y debe ser reemplazado. Mientras el mundo evoluciona a gran velocidad, nuestra existencia se agota tratando de desenredar la maraña de corrupción que nos ha gobernado. Nuestro modelo debe dar un giro radical, de la mano de la voluntad del Soberano, que debe liberarse de la esclavitud que ha secuestrado su legítimo sueño de alcanzar una vida mejor. Tenemos todos los recursos para construir un futuro digno. Debemos liberarnos de los grupos de Poder que proclaman defender los intereses populares, mientras viven aprovechando de su estratégica posición para alcanzar beneficios compartidos por unos pocos, a costa de la pobreza de muchos.

¡Dejemos atrás el modelo caduco que nos convirtió en ricos empobrecidos!(O)