La política, viene del latín “politicus”, y es aquella -la verdadera-, que significa “de los ciudadanos” o “del Estado”, o sea del deber ser. Se trata de una actividad esencialmente altruista, pues se entiende estará al servicio de los más altos intereses del país. Es una actitud de desprendimiento en bien de la sociedad, donde priman valores y principios, por encima de los egoísmos y privilegios, propio de aquellos que solo buscan aprovecharse de los demás. Es propia de personas altamente preparadas y conocedoras de los temas públicos.

Pero, acá, no se alcanza a entender cómo pudimos elegir y aceptar gente sin formación y estudios para que ejerzan los más altos puestos de dirigencia del país; personajes que, además, ostentan una enorme capacidad para el enfrentamiento, groseramente virulentos, inútiles e interesados, que no consideran el interés general, peor dispuestos a discutir con altura y argumentos las cuestiones de interés común. El filósofo Sócrates decía que “cuando el debate está perdido, la calumnia es el arma del perdedor”.

Lastimosamente la política -en su errada y dañada concepción-, es un territorio minado, donde los actores tienen que saber que al entrar en ella se enfrentan a una empresa compleja que, si no están preparados o con corazas para detener las balas de las huestes contrarias, están anticipadamente destinados a salir disparados por la tangente, sin el menor deseo de volver por otra. Deben soportar los más grandes insultos, diatribas e improperios. A diferencia de los “profesionales” de la otra política que están vacunados contra todo, no se “mosquean” por nada, cualquier desmadre les resbala y ni siquiera se inmutan. 

Para entender hasta dónde puede llegar la política – en la esfera de lo absurdo-, el doctor Andrés F. Córdova, gran exponente y líder del liberalismo ecuatoriano, decía con agudeza que en política se puede ver “tostar granizo”. Cualquier cosa aparece como solución, so pretexto de cumplir un objetivo de un interés politiquero común, y no necesariamente orientado a beneficiar a la ciudadanía.  Entre los acuerdos impensables, se puede encontrar aquel conocido como del “Pacto Mordoré” (entre velasquistas y liberales), en 1968, pero también los más groseros como el pacto de la “Regalada Gana” (Abdalá Bucaram y PSC) en 1994. Estos ya forman parte de la gran tostadora de la política nacional. 

¿Cómo mejorar nuestra política? Pasa primero por volver al régimen de partidos políticos con alcance y estructura nacional, para que sean los únicos con capacidad de promover y proponer candidatos a las máximas dignidades de representación popular, esto es, Presidente y Vicepresidente de la República, Asambleístas, Alcaldes y Prefectos. Para garantizar la gobernabilidad, los asambleístas serán elegidos en la segunda vuelta electoral. Pero además los partidos políticos tienen la obligación de capacitar a sus dirigentes, con la obligatoriedad de escoger a sus candidatos, previa elección interna.

Ya es hora que los jóvenes con preparación y lucidez incursionen en política, para iniciar un recambio de una dirigencia mayoritaria que fracasó, y, además, que se encuentra enquistada sin permitir su renovación; desplazar la improvisación y a los candidatos de farándula que más bien causa vergüenza, es una imperiosa necesidad. Cosa igual sucede con la sindical, aquella jurásica, cómoda, ociosa y cómplice, que se opone a la generación de empleo, a través de la empresa privada, mediante la incorporación de nuevas modalidades de contratación.

Martin Luther King Jr., en una época de grandes cambios políticos, nos decía: “Necesitamos líderes que no estén enamorados del dinero, sino de la justicia, que no estén enamorados de la publicidad, sino de la humanidad”. Sembró enseñanzas y enderezó el rumbo de los derechos civiles, a costa de su vida. Muchos políticos ecuatorianos pasaron por la política sin buscar fortuna y sirvieron al país con entereza y patriotismo; pero también ha habido otros -la mayoría sin duda-, que deshonraron la noble causa de la política como servicio.

Por fin, la política bien entendida y concebida no debe ser mal vista, sino más bien como algo importante e indispensable para buscar un mejor cause, creando escenarios donde la juventud tenga oportunidades para ejercer en mejor forma sus derechos y asumir con entereza sus obligaciones ciudadanas. Los colegios y con mayor énfasis las universidades, deberían ocuparse por impartir enseñanzas en esta materia, junto claro está con valores éticos y morales que tanta falta hace.