El culto a Nuestra Señora de El Salto aparece ya en el siglo XVII. Un tríptico pictórico de esta imagen tiene en su revés dibujada la vista de la ciudad de Latacunga antes del terremoto de 1698. Constan en este plano los templos de La Matriz, San Francisco, Santo Domingo, San Agustín, La Compañía y Santa Teresa. En la cruz de cada torre sobresale el emblema blasonario de las diversas Órdenes Religiosas.

Latacunga ha sido una de las ciudades del altiplanicie más afectada por los terremotos y las erupciones del vecino volcán Cotopaxi. La erupción de 1698 dio por tierra con todos los edificios urbanos, convirtiéndolos en un hacinamiento de ruinas. Entre éstas había quedado una piedra grande que se la hizo servir de puente para el salto sobre el río Yanayacu. La casualidad dispuso que alguien se percatara que la parte de la piedra que daba a la corriente contenía la pintura de una imagen de la Virgen. Divulgado el hallazgo. se removió la piedra de su sitio. y se la colocó al borde del mismo río, levantándose de inmediato una capilla a nuestra señora de El Salto.

La piedra mide un metro treinta y cinco de alto, por ochenta y siete centímetros de ancho. La imagen, pintada al óleo, representa a la Virgen sedente que estrecha en su brazo derecho al Niño Jesús de pie sobre su falda y descansa en mano izquierda en el hombro de Juan Bautista, que abrazado a su corderito, se arrima a la rodilla siniestra de María. La Virgen viste túnica roja y manto azul salpicado con flores doradas. 

El rostro de la divina Señora es trigueño y sus ojos negros y grandes, flechan las miradas al devoto expectador.

Los colores han sido últimamente retocados, aunque conservando el de las fisonomías.

Nuestra Señora de El Salto convirtió presto su modesta Capilla en Santuario de contínua romería. Latacunga le debe sobre todo la salvación de las erupciones del volcán Cotopaxi. Durante la colonia le cantaba el pueblo la siguiente Salve, que se ha conservado en el manual de cantos populares, recopilados por Luis Pinillo. Maestro de Capilla de Santo Domingo de Latacunga a fines del siglo XVII.

¡Oh Reina y Señora mía

a todos nos ves afable 

y misericordias viertes 

por ser portentosa Madre!

Tacunga te diga siempre 

postrado a cada instante 

que es gozo grande decirte 

Oh María, Dios te salve.

Bella Emperatriz atiende 

que estamos en este valle

a vos te pedimos llorando 

Madre mia, Dios te salve.

¡Oh Reina, Señora Mía! 

Como nos ves tan afable

Reina mía del Descanso 

Madre mía, Dios, te salve.

Adiós, hasta otra vez 

que yo vuelva y os alabe, 

adiós todos te decimos adiós, 

Milagrosa Madre.

Art.Religiosa ecuatororiana

J.M. Vargas Op

Edit. Casa de la Cultura Ecuatoriana Quito