Algunos aplaudían la decisión progresista del correismo de desarticular la institucionalidad nacional, otros veían horrorizados esta situación porque se sabía que esta decisión con claro tinte totalitarista pasaría la factura en algún momento.

Casi dos décadas después cosechamos la consecuencias de la insensatez. El Ecuador vive una de la crisis sociales y políticas más graves de la historia porque aquellos gobiernos permisivos entregaron a nuestro país en bandeja a las manos del narcotráfico, abrieron las fronteras en un falso gesto humanitario para que las mafias ingresen a nuestro territorio sin control, coronando el escenario con la prohibición de extradición para los ecuatorianos, figura jurídica patente de corso para los irregulares y las mafias.

Decimos obra maestra, pero obra maestra del mal porque el

anonimato y la libre movilidad permitieron la desestabilización del Estado, porque no se verificó quién y  con qué fines ingresaban a a nuestro territorio convertido hoy en tierra de nadie.

En este estado de cosas el discurso politiquero sobra, porque la Patria ha llegado al límite y sanear esta descomposición requerirá medidas extremas.