“Un autobús lleno de pasajeros, su conductor y un par de zapatos acabaron en una comisaría después de que parte del pasaje se enzarzó en una disputa con un hombre por el olor de sus pies, luego de que este se descalzó dentro del bus durante un viaje interestatal. El incidente ocurrió el pasado día 26 de noviembre, y Prakash Kumar, el oloroso, pasó una noche en la comisaría de Chintpurni, en el estado de Himachal Pradesh, en la India”.
Esto de los olores a pies trae a mi memoria cuando emprendí mi actividad de Abogado allá por el mes de agosto de 1984. Las labores públicas se cumplían en esta ciudad de martes a sábado y la Función Judicial se afanaba de lunes a viernes. No quedaba tiempo para el respiro; me encontraba en plena flor de mi juventud, por lo que también presté servicios de legista en la altiva ‘parroquia’ de La Maná los días domingos; a esas datas todavía no era cantón y el movimiento administrativo y judicial se desarrollaba a través de la Tenencia Política.
Mi jornada profesional concluía el día sábado a eso de las 14 horas; me recogía a mi ‘caletita’ para alimentarme y sacar ‘juerzas’ para ir a La Maná; a las 16 horas me embarcaba en el bus de la cooperativa de transportes de pasajeros Cotopaxi, que tenía su estación en la Avenida 5 de Junio y Panamericana. “-A da Maná, a da Maná-“ gritaba el Controlador, y el carro levantaba velas -a da Maná- con la mitad de asientos ocupados; pero, al tomar la ruta se ‘andaba’ llenando en las paradas que hacía el carricoche, en San Felipe, Pujilí, las Cuatro Esquinas, Collas; el ágil Controlador al que se embarcaba le decía: “-atrás hay asientos-“, y con su perorata de “-atrás hay asientos-“ el bus de 45 asientos de pronto estaba repleto con más de 70 seres humanos amontonados uno encima de otro, el espacio intermedio del carro se apretaba, las chalinas y ponchos se cruzaban de lado al lado, los canastos y lonas se cargaban superpuesto en la cabeza, y por esto los pasajeros se amoldaban y dormían de pie y arrimados a los sentados.
En el interior del vehículo los humos que emanaban los momentáneos vertía tufo a nata con bulbos gelatinados, lo destacado, los olores a pies y el ‘golpe de ala’, que en nada se compara inclusive con el majadeo de los animales que acompañan a los pasajeros (gallinas, perros, gatos, cuyes, cuchis, pulgas). En este periplo perdía la noción del tiempo y del espacio, pues por el olorcito nacido quedaba anestesiado tipo ‘guanteado’. En cada desembarque de los usuarios: Milín, Guangaje, Zumbahua, Pilaló, Macuchi, La Esperanza, 7 Ríos, Guayacán, El Progreso, me alegraba, pero al instante entraban otros necesitados de viajar, por lo que la situación seguía igual. Total, se tocaba La Maná a las 23 horas, y eso que no me bajaba a orillarme.
Ya en La Maná, reventado, me albergaba en la única hostal que existía, arriba de una cantina que toda la noche a alto volumen compartía canciones del acontecer montubio, y oír los ‘zarandeos’ apasionados de los compañeros y compañeras cuyo ‘ritmo’ clarito traspasaba los cuartos divididos con tablones; en definitiva no dormía, por lo que a las cinco ‘am’ estaba despejado para atender a los clientes. El domingo aprisa transcurría el tiempo, y de pronto ya eran las 14 horas para retornar a Latacunga por la misma vía arruinada, con la misma reseña comentada y con la desesperación de alcanzar la casita, a las 22 horas.
Esto del olor a pies también trae a colación el tufo que emanó el Rajuel Vicente cuando llegó al territorio de las alverjas mal cocidas. De ‘una tal revolución de pendejadas’ emerge como conductor de un autobús lleno de borregos, y su par de zapatos malolientes a corrupción acabaron en los juzgados por la develación de las empresas corruptoras que sobornaron a los angelitos funcionarios corruptos, empezando por el timador Pólit y terminando con JG, su tío, ministros y testaferros. Luego de que se descalzó durante su peregrinaje, el olor a pies impregnó en la conciencia de los ecuatorianos, que asqueados reprochan la actuación del expresidente al querer cubrir la olla llena de boñiga que todos los días se derrama, producto de su herencia.
“Indígenas designaron a la cárcel regional como Rafael Correa Delgado”; me alegro que este sector haya recogido el clamor del pueblo de Latacunga colocando la pancarta, a sus pabellones hay que ponerles nuevos nombres por su especialización: Vidrio (sinvergüenzas), Capaya (soplones), Pólit (chantajistas), Bravo (broncos), Mosquera (tránsfugas), y otra sección dedicada a los pendejos testaferros, cuyo nombre está aún por determinar en vista de la abundancia de aspirantes (se reciben sugerencias).

Hasta la próxima parada, donde me deje el Tren Bala(O)

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