Dicen que el tiempo es el maestro más sabio, pero también el más radical, que casi nunca perdona. Y es que a medida que transcurren los años y nos vamos volviendo viejos, vamos comprendiendo el valor de las personas, de las experiencias vividas y de lo que nos queda por vivir. Vamos evaluando con nostalgia y mayor madurez todo aquello que se hizo, mientras nos lamentamos por aquello que no se pudo hacer. En el mejor de los casos, cuando tenemos plena conciencia de que el tiempo es fugaz, vivimos con mayor intensidad. Caso contrario, deberá presentarse una situación extrema para hacer algo al respecto.

Hace mucho tiempo, tuve la oportunidad de conversar con una sabia mujer, en aquel entonces cruzaba por los setenta y cinco años. Compartió conmigo gustosa sus experiencias y el largo trayecto que habían tenido que pasar ella y su esposo para tener un negocio próspero. Su vida se resumía en divertidas historias, sacrificios y experiencias, pero, también tenía un gran arrepentimiento, haber dejado pasar demasiado el tiempo para hacer una de las cosas que más le apasionaba: viajar.

Cierto día de enero, cuando tenía cuarenta años, vio un reportaje en la televisión sobre el florecimiento de los guayacanes en el sur del país. Se maravilló tanto, al ver todos aquellos árboles vestidos de amarillo que se prometió presenciar por sí misma aquel espectáculo. Cada enero, esperaba con ansias aquel viaje, pero siempre pasaba algo:  la falta de presupuesto, las clases de los hijos, dejar con alguien el negocio, la falta de ánimo del esposo, el miedo a viajar sola, la larga distancia, los nietos… Será para la siguiente oportunidad, se decía. Así pasaron los años y sin darse cuenta había cumplido 75, sin todavía haber cumplido su sueño.

Para cuando finalmente decidió emprender viaje al sur, tenía el presupuesto, un auto nuevo, la compañía del esposo, la libertad de salir sin la preocupación del negocio… Todo parecía estar listo para vivir aquella experiencia tan anhelada, a excepción de su estado de salud.  Aquel viaje estuvo acompañado de dolencias e incomodidades propias de la edad que no le permitieron vivir aquella experiencia a plenitud. ¿Por qué había esperado tanto?, se decía a sí misma.

Aquella historia me impactó y quizá la ponga como ejemplo a propósito de los tantos eventos vividos en el último año. Ansiamos vivir experiencias, pero sobran las explicaciones y excusas para aplazarlas. Nos dejamos llevar por la rutina de un modo pasivo y mecánico, mientras desistimos de nuestros sueños y los aplazamos por ‘falta de tiempo’ o mera cobardía. Nos alarmamos con el paso del calendario, pero poco hacemos para aprovecharlo.

Surgen las interrogantes: ¿cómo estamos aprovechando nuestra vida?, ¿estamos dando el valor que merecen los 365 días del año, las 8760 horas y sus 52 560 minutos o simplemente son un número más? Ojalá no esperemos a que algo más grave suceda como para tomar decisiones y acciones. Atrevámonos a salir del molde y ser felices a nuestra manera sin miedo al qué dirán; a la larga vivimos más de experiencias y no de los comentarios. Disfrutemos de las risas, las conversaciones y todo cuanto se relacione a la gente que nos ama y a la que amamos. Aferrémonos a nuestras convicciones y a los más profundos deseos de nuestra alma, que, aunque algunos parezcan descabellados si se realizan con amor y sacrificio son casi siempre posibles. Si no nos lanzamos a esa apasionante travesía por cumplir nuestros sueños ¿entonces cuándo? No esperemos a que la oportunidad llegue a nosotros, hay que darle el encuentro. Valoremos cada instante en esta tierra y hagamos lo necesario para vivirlo a plenitud; no dejemos que esta valiosa oportunidad se escape.