Dicen que el tiempo es el maestro más sabio, pero también el más severo. Y es que a medida que transcurren los años, vamos comprendiendo el valor de las personas y de las actividades que realizamos. Por desgracia, este proceso de descubrimiento no ocurre para todas las personas de igual manera. En ocasiones es necesario un suceso o un evento desafortunado para comprender lo frágil que es la vida, mientras que para otros este despertar puede ser demasiado tarde.

Años atrás tuve la oportunidad de conversar con una sabia mujer que cruzaba por los setenta y cinco años. Compartió conmigo gustosa sus experiencias y el largo trayecto que habían tenido que pasar ella y su esposo para conseguir una generosa fortuna. Pese a que su vida se resumía en divertidas historias, sacrificios y experiencias; también tenía un gran arrepentimiento: haber esperado demasiado para hacer las cosas que de verdad le apasionaban. Se había enfocado tanto en trabajar y enriquecer su patrimonio, que cuando decidió por fin viajar y conocer el mundo, su salud le impedía y los pocos viajes que realizó no pudo disfrutarlos de la manera que hubiera ansiado.

Aquella historia me impactó y quizá en medio de una pandemia la recordé nuevamente. Me puse a reflexionar lo frágil que es el tiempo y cómo lo invertimos en nuestras vidas. Puede parecer un planteamiento demasiado elemental, pero la realidad es que poco valoramos lo que implica cada día. La sociedad nos ha impuesto modelos de comportamiento que ansiosamente nos esforzamos en lograr, sin considerar que tal vez nuestro camino sea distinto. Nos aterroriza ir en contra de la corriente, el solo pensar vivir de manera diferente al resto, realizar cualquier cambio es una amenaza para nuestra “tranquilidad”. Invertimos toda nuestra energía en conseguir un listado de ítems: el empleo codiciado, la pareja perfecta, la apariencia adecuada y todo cuanto sea necesario para ajustarnos a dichos planteamientos.

Nos dejamos llevar por la rutina de un modo pasivo y mecánico, mientras desistimos de nuestros sueños y los aplazamos por “falta de tiempo”, por cobardía o simplemente una escasez evidente de ánimo. Cada vez que nos fijamos en la fecha nos alarmamos sobre lo rápido que pasa el tiempo, pero poco hacemos para aprovecharlo.

Quizá esta pandemia fue necesaria para replantearnos lo que hacemos de nuestras vidas y de lo que haremos cuando esto termine. Quizá hayamos tomado consciencia sobre cómo estamos aprovechando nuestra vida; los 365 días del año, las 8760 horas y sus 52 560 minutos, que más que números son un regalo. Ojalá no esperemos a que algo más grave suceda como para tomar decisiones y acciones. Atrevámonos a salir del molde y ser felices a nuestra manera sin miedo al qué dirán; a la larga vivimos más de experiencias y no de comentarios. Disfrutemos de las risas, las conversaciones y todo cuanto se relacione a la gente que nos ama y a la que amamos, ya que por desgracia no nos serán eternas. Aferrémonos a nuestras convicciones y a los más profundos deseos de nuestra alma, que, aunque algunos parezcan descabellados si se realizan con amor y sacrificio son casi siempre posibles. Si no nos lanzamos a esa apasionante travesía por cumplir nuestros sueños ¿entonces cuándo? No esperemos a que la oportunidad llegue a nosotros, demos el primer paso para así darle el encuentro. Valoremos cada instante en esta tierra y hagamos lo necesario para vivirlo a plenitud; no dejemos que esta valiosa oportunidad se escape.(O)