Si, estamos cansados de leer sobre lo mismo. Pero en verdad es sorprendente cómo queda la ciudad cada vez que sucede algo para lo que se supone que deberíamos estar preparados.

Cuando un puñado de autoridades alocadas nos mandó sacando de la casa, con el cuento de que erupcionaba el Cotopaxi, no supimos qué hacer. Vivimos junto al volcán desde que existimos como ciudad, pero no hemos aprendido nada.

Cada año nos inundamos en invierno. Y no hemos aprendido nada.

En el 2019 sufrimos gravemente el embate de grupos delincuenciales organizados, a los que hasta entonces era dable llamarlos “protestantes”. Hoy, sabemos que son solo delincuentes, conocemos la mayor parte de sus tácticas, nos amenazaron con meses de anticipación, pero no nos preparamos.

Latacunga es una ciudad que crece junto a la E35, se accede a ella además, principalmente por la E30 y por otras conexiones con la ruralidad que obligatoriamente deben caer en la antigua Panamericana. Controlar esos accesos desde temprano hubiera desalentado las agrupaciones masivas en el centro y de paso, se hubiera controlado la movilización de células a la ciudad de Quito.

Puede que sea más difícil hacerlo que decirlo, si. Pero aún creo que se pudieron hacer mejor las cosas.

Pero sobre todo sigue llamando la atención cómo una ciudad de casi cuarto de millón de habitantes, puede ser controlada con media docena de camiones que circulan amenazando a quienes traten de hacer una vida normal. Camiones que no transportan sino a unas cuántas personas que pueden ser fácilmente controladas con un solo equipo policial bien entrenado.

Estamos abandonados. Para variar, Latacunga es la última rueda del coche. Incluso sus propias autoridades han omitido tomar posiciones sólidas. Incluso algunos políticos ampliamente vinculados al indigenismo, han sido prudentes con sus apariciones.

Viene el momento de calificar la actuación de quienes están llamados a defendernos. Además es hora de que el gobierno central regresa la vista (y el esfuerzo) a las provincias con poblaciones poco uniformes como la nuestra y reconozcan el conflicto latente que yace en nuestras ciudades que no alcanzan a organizarse. Necesitamos ayuda.

Para proteger nuestra ciudad, por ejemplo, hay apenas un puñado de policías con un puñado de patrulleros (de los cuales a veces solo funcionan dos o tres), sin cuerpos especiales de operación y sobre todo sin equipos de inteligencia adecuados. Nuestra policía municipal trabaja limitadamente, con apenas cien miembros que deben turnarse incluso para tocar en la banda y sin una ordenanza que les permita ejercer mejor sus funciones de control. Para rematar, la organización barrial ha sido desarmada en los últimos 15 años y ni siquiera tenemos Defensa Civil.

Somos huérfanos.

No hay que olvidar que el enemigo no es pequeño. Insisto: no se trata de indígenas resentidos, como nos quieren hacer creer. Nuestros hermanos indígenas también quieren trabajar y para nada desean cometer delitos. Se trata de una organización que posee estrategia, asesoría, entrenamiento y financiamiento. Mantener a tanta gente moviéndose durante días enteros exige logística de nivel singular: movilización, armas, pertrechos, comida, lugares donde refugiarse… y todo eso cuesta.

Si no sabe quién financia esto, solo hay que traer la sabiduría de nuestros mayores: solo gasta el que se beneficia. Así que respóndase las siguientes preguntas: ¿cuánto cambia el ambiente político una jornada como esta?¿cuanta droga se mueve atrás de las líneas de la protesta?

Ahora, de sus propias respuestas, deduzca a quién le conviene esto y quien estaría dispuesto a financiarlo.

Y recuerde: estamos solos, porque queremos. Pero sobre todo porque no tenemos un líder que nos congregue. Estando a puertas de elecciones, lo menos que se puede exigir a los candidatos es que tomen posiciones determinantes con el nuevo fenómeno criminal que, sobre todo la sierra centro, está experimentando.