Nueva cepa del virus, nuevo estado de excepción, nuevas restricciones, nuevo toque de queda, nuevos encierros y sí, nuevos ataques de depresión, ansiedad e ira; si la covid fue la enfermedad del 2020, los problemas de salud mental podrían convertirse en el principal desafío sanitario del siglo.

Si bien no hay cifras exactas de la incidencia de los efectos de estos trastornos en el Ecuador, algunos datos nos permitirán entender su magnitud, así por ejemplo: Según informes del ECU-911 los primeros seis meses de la pandemia, se habían registrado un total de 220 suicidios a nivel nacional y además unos 430 intentos ¿Se imaginan cuántos intentos más no se reportaron? O ¿cuántas muertes reportadas por diversas causas realmente fueron suicidios?

Para el 2016 (último año en el que encontré información en el INEC), el suicidio era la tercera causa de muertes violentas en el país, por detrás apenas de los accidentes de tránsito y los traumas ocasionados por ellos que no tuvieron muerte inmediata, el problema es serio y no nos estamos dando cuenta.

La realidad es más tétrica cuando al analizar las cifras cada vez son más jóvenes quienes optan por esa fatídica decisión, incluso hay datos ya (y Latacunga no es la excepción) de niños y adolescentes que al menos una vez en su vida han intentado (o pensado al menos) en matarse para “acabar este mundo que no aguanto”.

Hace unos días conversé con los padres de un amigo y con ellos coincidíamos en que la sociedad se ha vuelto cada vez más individualista y por eso “mientras yo esté bien, no importa el resto”, he ahí la falta de prevención en la pandemia y claro, el olvido de las mínimas cortesías en el trato a la gente.

Si estás gordo, te atacan, si estás delgado también; si eres alto tienes un apodo, si en cambio eres bajito otro, si te tatuaste, te pintaste el cabello, decidiste quedarte soltero, te divorciaste, enviudaste, te engañaron o perdiste tu trabajo por ejemplo, las críticas están a la orden del día y cada ataque es como “una raya más” al tigre de la salud mental; llega un momento en el que simplemente explotas y devienen esos ataques, la ansiedad, la depresión y la ira, para colmo cuando los tienes, las sátiras se ahondan más.

“Antes no había esas cosas”, falso, antes no se las estudiaba que es distinto, antes se les daban otros nombres, antes ir donde el psicólogo era solo para los locos, la terapia de pareja para los “cachudos” y las terapias holísticas o ancestrales para los hippies drogadictos, antes la sociedad se volvió indolente y hoy, se le olvidó la empatía.

Reconocer un problema de salud mental es difícil, no porque no se lo pueda identificar, sino por el miedo que implica aceptarlo y pedir ayuda, es más duro con el paso del tiempo cuando los ataques son más intensos, cuando estar solo y ver una película o escuchar música ya no ayudan, cuando los amigos no están, cuando los psicólogos hablan a una piedra, ahí es cuando las ideas suicidas empiezan.

Escribo estas líneas desde la experiencia y no me avergüenza hacerlo, porque creo que es una forma de ayudar, el inicio de la pandemia el año pasado se llevó buena parte de mi tranquilidad, me deprimí, tuve problemas de ansiedad y los ataques de ira aún se presentan hoy, pero por el otro lado aprendí a cocinar, adopté una gatita y terminé mi maestría, encontré en la mezcla de sabores y olores de las recetas la mejor terapia, tengo terapeutas con los cuales desahogarme y cada vez son más llevaderas “esas locuras”.

Pero y ¿qué pasa con quienes no han descubierto aún una terapia que ayude? Para los que se cansaron de dibujar, pintar, cocinar, jugar cartas o para los que dejaron de tener trabajo y no pueden pagar un tratamiento, para ellos empatía, para ellos la mano extendida, para ellos mi respeto, sé que las luchas que están viviendo son más fuertes de lo que parecen y como sociedad tenemos el deber de estar ahí.

Estimado lector, si al terminar de leer estas líneas su corazón se ablandó un poco y se acordó de un amigo que tuvo esos problemas, o de su padre, de su hijo, de su vecino, de su compañero que estuvo (o está) “histérico”, lo invito a volverle a sonreír, a decirle que lo quiere, a veces una sonrisa o la simple cortesía pueden salvar más vidas de lo que nos imaginamos, parar los suicidios es tarea de todos.(O)