Ecuador se acerca a la elección de Presidente en medio de gran incertidumbre sobre nuestro presente y futuro, debido a la crisis económica agravada por la pandemia. A pesar del alto riesgo de reactivar el virus, la clase política ha resucitado para salir al balcón virtual y buscar el favor del voto popular que le permita acceder al ansiado poder. No cabe duda que estas elecciones serán distintas, ante la angustia y malestar popular debido a la acumulación de factores que han mermado su economía, luego de una década de bonanza petrolera que nos permitió vivir, momentáneamente, en condiciones que no serán sostenibles mientras no exista un modelo económico de largo aliento, alejado de mezquinos intereses políticos.

 Las “frutas“ empiezan a moverse en varias direcciones. Los cálculos políticos están a la orden del día. Por un lado, viejos partidos y desgastados líderes, toman posiciones buscando renovar su discurso. Mientras que otros “auto candidatos” buscan desesperadamente llamar la atención para ser escogidos. Mucho se habla del descubrimiento del outsider que pueda “patear el tablero” y abrirse paso en medio del numeroso grupo de malos conocidos, que por enésima vez intentarán llegar.

La crisis económica que se acentuó a partir de 2015, dejó secuelas que solamente con el tiempo e ingentes recursos externos se podrá superar. Agravada la situación con la pandemia, el Gobierno de turno ha debido pagar la factura y se encuentra huérfano del respaldo popular, que lo juzga por su individual realidad, alejado de profundos análisis de macroeconomía, primando el lado emocional del individuo frente a su realidad. Por muy acertadas que fueran las medidas, con efecto que solo en el tiempo se las podrá valorar, lo que cuenta es el efecto en la cotidianidad de los ciudadanos.

Con este panorama, la decisión del votante tendrá una alta carga emotiva que, consciente o inconscientemente, descargará sus frustraciones, enojos, protesta y clamor ante las injusticias que vive, el momento de expresar su voto. Seguramente, lo único que tiene claro a esta altura, es aquellos por quienes NO votaría. La lista es extensa, incluyendo a viejos políticos, personajes corruptos, traicioneros, mentirosos y partidos desprestigiados. Por todo lo cual, se abre el panorama para nuevas figuras, que en lo posible no tengan estos prejuicios y se acerquen al perfil imaginario que tiene la mayoría de votantes.

El Partido de Gobierno tiene pocas posibilidades, debido al desgaste del poder. Los Social Cristianos no tienen tiempo para construir un nuevo líder presidenciable, ante el desistimiento de Nebot. Guillermo Lasso la tiene cuesta arriba en el tercer intento, sin nuevas propuestas ni apoyo de otras organizaciones que sumen los sectores populares que le faltan. Otto podría ser una nueva alternativa de no haberse vinculado hasta último momento con el gobierno. Los seguidores de Correa buscarán capitalizar su imagen construida en toda una década de autoritarismo y campaña de comunicación millonaria que lo posicionó como el “malo conocido” que puede pescar a río revuelto. Si bien tiene un voto duro importante, el voto negativo de quienes nunca lo votarían es aún más fuerte. Los indígenas tienen una posibilidad real de jugar al “outsider” si logran ponerse de acuerdo y pactar con otras fuerzas.

El voto “razonado” no existe en las grandes mayorías. Priman los sentimientos. Quien aparezca de la nada y sostenga una estrategia de comunicación bien llevada, puede dar el campanazo y asumir el control de un país que tiene muchos problemas acumulados por resolver. No la tendrá nada fácil. Estará bajo enorme presión popular por resolver la falta de empleo y el retraso económico que nos deja la pandemia.

¡DIOS NOS AMPARE!  (O)