Tras doce días de incertidumbre, la población de Cotopaxi fue liberada del cautiverio en que se le mantuvo, impidiéndole gozar de sus derechos humanos garantizados por la Constitución garantista que está en vigencia por los últimos nueve años. El descontento desbocado por la energía reprimida en jóvenes de una nueva generación, que mira el mundo a través de su teléfono ‘inteligente’, gracias al cual sigue de primera mano los acontecimientos que ocurren en este planeta, que llaman su atención y despiertan su imaginación.
Sin que nadie diera una razonable explicación, se mantuvo en calidad de ‘rehenes’ a todas las personas que habitan esta provincia central del país, a pesar de que nada tuvieron que ver con la promulgación del decreto de la discordia. Sin duda alguna, quienes se organizaron para declarar el PARO total, tienen el Derecho Constitucional de expresar su desacuerdo con la medida, sin dejar de respetar los Derechos de la población que no opina igual. La discrepancia debía ser llevada de forma ordenada ante las autoridades responsables de la medida, para exponer con los fundamentos que consideren y demandar su revisión.
Lamentablemente, las dos partes involucradas cometieron errores que les llevaron a buscar la solución en las calles, donde se impone el más fuerte. Las consecuencias son evidentes y el daño causado ya no podrá ser reparado. Todo aquello alentado por fuerzas ocultas que aprovecharon el levantamiento para dirigir hacia sus fines destructivos del Estado de Derecho, sin contemplaciones de los medios que utilizaron en contra de una fuerza pública indefensa frente a esta imprevista arremetida.
Cotopaxi ha sido afectada de muchas formas. Seguramente es la provincia que mayor daño recibió. Los daños no son meramente materiales, que ya son enormes e irreparables. La mayor afectación puede ser en su ‘tejido social’. De alguna manera hemos perdido nuestra capacidad de dialogar, tolerar, escuchar, convivir y construir una democracia sólida. Nos miramos como extraños los unos a los otros, en las otrora apacibles callejuelas de nuestra ciudad patrimonial. Los amables saludos se cambiaron por proyectiles, amenazas, ofensas de palabra y obra, sin respetar edad ni credo.
Recuperando la tranquilidad, lo vivido nos lleva a meditar y comprender que nos corresponde como colectividad civilizada superar esta fractura social, desde nuestro propio espacio y para nuestro futuro provincial. Para esto, se ha propuesto desde los colectivos ciudadanos, apartados de la clase política que es, sin duda alguna, la mayor responsable del estado al que hemos llegado, la construcción de un PACTO SOCIAL que involucre idealmente a todos los actores sociales. El propósito es entender las justas aspiraciones que cada actor tiene sobre el futuro en la Patria chica, y consolidar una hoja de ruta para plantear grandes objetivos comunes, incluyentes y de largo plazo, que nos permitan soñar en alcanzar la calidad de vida que añoramos para las generaciones actuales y siguientes.
Transformemos aquella energía de la juventud que se desbordó, en progreso para los cotopaxenses. Aunemos esfuerzos y lo mejor de nuestra voluntad, para deponer actitudes que han contribuido a nuestras diferencias. Hagamos una MINGA para potenciar por nuestro propio esfuerzo lo que Dios nos concedió. Aportemos para que seamos capaces de levantar un gran proyecto de futuro, sobre las cenizas de la destrucción del tejido social que nos devastó.
No esperemos soluciones de escritorio desde los poderes centrales. Hagamos el mayor esfuerzo ciudadano por levantar lo que décadas de olvido de los poderes centrales no han podido. Debemos reencontrarnos y con un gran abrazo de hermandad, poner la primera piedra para reconstruir nuestra comunidad Cotopaxense. ¡VIVA COTOPAXI! (O)