Finalmente, llegó la inauguración de la nueva Asamblea Nacional, con gran expectativa del pueblo ecuatoriano para enfrentar la crisis económica que vivimos, agravada por la pandemia que nos azota desde hace 14 meses. La mayoría de votantes no es consciente que los “padres de la Patria” deben limitarse a legislar y fiscalizar. La esperanza es recibir beneficios contantes y sonantes, cuanto antes, amparados en los ilimitados ofrecimientos de campaña y los derechos consagrados generosamente en la Constitución de Montecristi, aunque no hayan resuelto la forma de financiarlos.

Llegaron a la arena política, bien emperifollados, 137 actores divididos en tres grupos significativos: Pachakutik con Izquierda Democrática; Creo con Social Cristianos; Unes por sí solos. Además de una docena de solitarios aventureros considerados independientes, es decir libres de actuar como se les venga en gana. Ninguno de estos grupos tiene mayoría, y por tanto se vislumbraba la necesidad de que se acerquen las posiciones, al menos de dos de estos grupos. El primer denominador común que se observaba desde la campaña entre los grupos PK-ID y CREO-PSC era la rotunda oposición a la posibilidad que el Socialismo del Siglo XXI acceda al poder nuevamente. Por lo cual, era factible que ese enemigo político común les una, para consolidar la mayoría de votos en la elección de dignidades.

La hora se acercaba para dar el pitazo de inicio, sin que se acerquen las posiciones. PK demostró la falta de experiencia en terreno legislativo, exigiendo liderar la asamblea con ID pero sin contar con los votos necesarios. Se negaban a llegar a acuerdo con el grupo gobiernista y no querían hablar con Unes. Ni siquiera sumando los votos sueltos de los solitarios, podían alcanzar la votación necesaria. En esas condiciones, los partidos dirigidos por zorros viejos en estas lides, no podían quedarse cruzados de brazos y decidieron aplicar el método del Pacto de la Moncloa para acercarse con el menos deseable, el más controvertido grupo político, que busca a cualquier precio salvar a los actores del desastre de la década corrupta.

Los términos del pacto que se habría firmado pocas horas antes de votar por el reelecto asambleísta Nacional Henry Kronfle Kosaya, fueron cuidadosamente redactados para no incluir amnistía ni indulto alguno. Sin embargo, la falta de transparencia hacia el electorado, abrió espacio para la especulación y las redes sociales hicieron lo suyo. Particularmente, aquellos que con su voto se consideraban dueños del triunfo de Lasso, rechazaron rotundamente la posibilidad de pacto con ese bloque, a pesar de la trascendencia de los 49 legisladores ganados en las urnas.

La presión llevó al Presidente electo a desistir del acuerdo, asumiendo las consecuencias de quedar mal con las contrapartes, a cambio de reivindicarse con sus seguidores. La decisión no fue comunicada de manera frontal. La sorpresa llegó el momento en que los asambleístas de Creo se abstuvieron de votar por el candidato consensuado y la alianza con PSC se deshizo automáticamente.  A pesar de eso, Kronfle obtuvo 69 votos, habiendo perdido a César Rhon que abandonó la bancada PSC en rechazo al acuerdo. Para el día siguiente, contaban con 70 votos, pero la inexperiencia de Pierina Correa que dirigía la sesión, les impidió votar nuevamente por esa candidatura. 

Empezaron a lanzar candidatos al azar, hasta que Guadalupe Llori obtuvo la apretada mayoría y… colorín colorado…ese cuento se acabó. Para nuevamente entramparse en la elección de miembros de las Comisiones donde realmente se ejerce el ansiado poder. Todo esto presagia que viviremos cuatro años de mayorías móviles, cambiantes de una sesión a otra, llevando al país al ritmo de un baile tropical.

¡CAMBIEMOS DE RITMO! (O)