El tercer domingo de junio se dedica a celebrar a quienes han sido bendecidos con el privilegio de ser padres. La celebración de este año tiene especial significación, considerando que hemos librado una lucha a muerte con un enemigo invisible por quince largos meses y aún no logramos vencer. Muchos valerosos padres sucumbieron en el intento de sobrevivir, llevando el pan a la mesa de sus hijos. Otros debieron mantener una feroz batalla y lograron salir con vida, enfrentando una larga recuperación, mientras sus economías se derrumbaban. Familias enteras se sometieron a la angustia de ser amenazados y sentirse impotentes.

La pandemia nos obligó a repensar nuestra existencia. Aprendimos a valorar pequeñas cosas que pasaban desapercibidas y dejar de lado muchas banalidades que se han hecho parte de nuestra rutina, para alimentar nuestro ego que rápidamente se acomoda a esos superficiales placeres de la vida, que duran apenas un abrir y cerrar de ojos. Hemos aprendido a valorar la familia, especialmente los pequeños traviesos que alborotan el espacio familiar contagiando su inocente alegría, que ahora valoramos. Nos hemos reencontrado en nuestro hogar, y descubrimos que es el mejor refugio para defendernos de las amenazas. Sentimos que la célula familiar es mucho más poderosa que la individualidad,

Desde esa perspectiva, el padre merece ser visibilizado por los demás. La cabeza de la familia ha debido encarar la adversidad en todos sus sentidos. Su rol ha evolucionado desde cazador para alimentar a sus críos en la edad de la piedra, hasta el escudo que debe protegerlos en el agresivo mundo actual contra toda amenaza, venga de donde venga. Mantener un hogar en estos días es una gran responsabilidad, que demanda recursos, pues nada se logra sin dinero. Mientras que generarlos es cada día más complejo, pues la demanda de fuentes de empleo es mayor que la oferta y no queda sino aventurarse individualmente para generar unas monedas, diariamente, que apenas alcanzan para mitigar el hambre de los hijos.

Esta lucha diaria solo la conoce el ser humano que por amor a los suyos, por responsabilidad paterna, sale a deambular por el mundo que mira en otra dirección, para ignorar una dolorosa realidad que no queremos afrontar. La soledad es infinita para aquel padre que no puede claudicar ni expresar su desesperación, que muchas veces desencadena en estallido para escapar momentáneamente de su triste realidad, agravando su situación. Es un círculo vicioso que puede desencadenar acciones involuntarias cuando se supera el nivel de tolerancia emocional que produce la desocupación, y la pobreza que le acompaña.

El homenaje del día del padre debemos dedicarlo a aquellos padres que silenciosamente libran dura batalla día tras día bajo el sol y la lluvia, sin esperar nada a cambio. Lo hacen por el amor hacia sus retoños, dejando de lado sus propias necesidades. Reservando para si el último mendrugo de pan o raspando la olla para completar su media ración de comida. Ni hablar de atención médica, que con el paso del tiempo desencadena en serias complicaciones de salud, con peligro de acortar la vida del amoroso padre que posiblemente mantuvo en silencio su oculta enfermedad, evitando preocupar a su familia y prescindiendo de atención oportuna.

Al lado opuesto de la moneda, tenemos padres que de manera irresponsable han abandonado su rol, dejando en esa tarea a una madre que por fuerza de las circunstancias debe ocupar el papel de padre y madre. Esos reprochables actos de inmaduros ciudadanos que abusan de su virilidad para jactarse de valentía, cuando la realidad es todo lo contrario, deben ser condenados por la sociedad.

¡VIVAN LOS PADRES RESPONSABLES! (O)