La democracia ecuatoriana avanza a paso lento pero seguro, luego de 41 años de recuperarla de los gobiernos de facto que manejaron los recursos petroleros por los primeros siete años. Ha concluido el “primer tiempo” del partido que definirá el conductor de la nave estatal por los siguientes cuatro años. Los resultados han sorprendido a todos los parroquianos, quienes incrédulos tratamos de digerir “la voz del pueblo que es la voz de Dios”, como lo afirma un viejo adagio. Es relevante el hecho de haber concurrido masivamente a las urnas en medio de la pandemia más cruel, que tiene en vilo a la población y por otro lado una aguda crisis económica derivada de las restricciones sanitarias.

El balance arroja un mensaje fuerte y claro de los sectores más jóvenes de la población, entre 16 y 38 años de edad, que se han mantenido al margen de la política, hasta que escucharon mensajes que despertaron su interés. Por un lado, un mensaje reivindicatorio de derechos, vinculado a factores étnicos, por la marginación indígena desde la conquista española. Espíritu de cuerpo que se avivó en las calles, con motivo de las protestas de octubre 2019, al calor de las pasiones que despiertan el hambre, desempleo, falta de atención en educación, salud, y oportunidades para superarse. Esta convocatoria se dio ahora en las urnas, como corresponde democráticamente y con todo derecho. Ha emergido un movimiento indígena unido que promete luchar por las reivindicaciones sociales para TODOS.

Por otro lado, emerge otro sector de jóvenes atraídos por propuestas frescas, con un lenguaje sencillo y transparente, que denuncia la vieja política tóxica y plantea una gestión con mente abierta hacia las oportunidades que ofrece un mundo moderno, globalizado y competitivo, en el que Ecuador puede construir un futuro sostenible, dejando atrás los extremismos y la corrupción. Lo meritorio es haber despertado el interés de estos jóvenes, para que se sumen a la tarea de sacar adelante nuestro país, haciendo las cosas “a su manera”. La democracia ha ganado con este aporte, que seguramente seguirá atrayendo a más ciudadanos de las nuevas generaciones, y dejará atrás el desgastado modelo político vigente.

Del otro lado de la moneda, están los perdedores de esta contienda. Las cifras demuestran que de los dieciséis binomios presidenciales, doce no tienen mérito para estar siquiera en la papeleta, pues están muy por debajo del 3% de los votos válidos. La mayoría son estructuras caducas que han jugado un papel de “chimbadores” con o sin conciencia, lo cual atenta contra la legitimidad del proceso, pues distorsiona la voluntad popular al desviar cerca de 10% de los votos hacia estas aventuras electoreras que confunden la decisión popular, como se observa en el conteo para asignar el segundo puesto en la carrera presidencial.

Algo similar ocurre en las elecciones para asambleístas, con un número elevado de candidatos desconocidos, sin méritos para ocupar espacio en una papeleta que le cuesta mucho dinero al contribuyente y sin posibilidades de ser elegido, gracias al manipulado sistema de Webster para asignar los votos solamente a quien encabeza la lista. Los partidos apuntan a que sean elegidos sus candidatos de confianza, utilizando como anzuelo la imagen de los “tontos útiles” que ocupan los restantes casilleros.

Las fuerzas políticas se han reorganizado. Las ideologías extremistas están acorraladas. Viejos partidos pasan al retiro definitivo con el beneplácito del pueblo, mientras inauguramos nuevas corrientes en la esperanza de dejar atrás la demagogia y el populismo. Vamos al segundo tiempo de esta contienda, renovando la decisión de desterrar la corrupción del Siglo XXI.

¡Bien pateado el tablero!(O)