Desde aquel 11 de noviembre de 1820 hasta hoy han pasado muchas cosas en Cotopaxi, es por eso que al empezar a caminar hacia los 200 años de historia es necesario convocarnos a pensar y repensar cómo se ha transmitido un acontecimiento que marcó el inicio de un cambio político – administrativo que aún, pese al tiempo transcurrido, parece ajeno a la mayoría de compatriotas.
Pasado, presente y futuro se creería que en las nuevas generaciones no son motivo de interés, ya que la modernidad líquida ha llevado a nuestra juventud a vivir simplemente los momentos y de eso tenemos mucha culpa quienes ya hemos transitado más años en esta vida y no realizamos los esfuerzos suficientes para contrarrestar la pretendida homogenización cultural de corte occidental que además de destruir la diversidad y la autenticidad de las cosmovisiones andinas ha hecho que nos desentendamos del devenir histórico y su trascendencia.
Un bicentenario más que una celebración debe convocarnos a efectuar el esfuerzo por pensar y repensar el pasado, para evitar seguir contándolo como una relación simple de hechos inconexos en los cuales únicamente se refleja una visión heroica de individualidades con apellidos ilustres y se descarta o intencionalmente se olvidan las causalidades de los descontentos sociales.
El presente no debe ser visto como un tiempo transitorio de la vida individual y colectiva, es necesario que en él se reafirmen valores, identidades, se tracen proyectos de sociedad que dejando al margen las retóricas politiqueras posibiliten un real tránsito de un Estado mono cultural a uno pluri e intercultural.
El futuro no tiene sentido si no posee el antecedente de un pasado y un presente que lo forjen, que posibilite vislumbrar la utopía necesaria para plantearnos retos para hacer que nuestra sociedad sea más tolerante con las diferencias, más inclusivos, más solidarios, más respetuosos de la Pacha Mama, más humanos.
En este tránsito por el año del Bicentenario es importante que acabemos con la invisibilización de muchos sectores, es necesario que no solo se describa la historia oficial, es trascendente que se cuenten las otras historias que forman parte de este complejo entramado social; y haga posible en el siglo XXI empezar a construir una sociedad fuerte capaz de contrarrestar la arremetida cultural neocolonial prefigurando nuestro futuro en un sentido emancipador.
No es tolerable que la educación en todos los niveles siga rígidas directrices de aculturación de la sociedad, creándonos falsas imágenes de progreso y desarrollo, es menester poner en discusión los cimientos sobre los que se edifica esta nación. Y para eso, reflexionar críticamente acerca de otro concepto de temporalidad y, por tanto, de historia, de forma tal que podamos poner en discusión otros modos de vida, otras historias, otras experiencias del estar y del ser, otras concepciones del mundo.
Llevamos a cuestas un pasado que irrumpe en el presente como pendiente y entendemos es hora de transformar ese peso en proposición constructiva, reivindicativa, redentora de las luchas de los oprimidos por el desgarro neocolonial. Es así que la invitación a pensar y repensar el Bicentenario nos conduce necesariamente a reflexionar sobre la cosmovisión andina, basada en la complementariedad como principio estructurante de las relaciones sociales y del ser humano con la naturaleza. (O)