Lenín ganó -dice el CNE- por más o menos 250 000 votos. Lasso impugna y, si las matemáticas le benefician mucho, habría ganado por más o menos lo mismo. Para las cifras oficiales, Lenín gana con el 51% y para las cifras de Exit Poll, Lasso ganaba con el 52%; más o menos. Estamos claros, entonces de cómo GANABAN los candidatos

Ahora analicemos el otro lado: ¿quién pierde?

Verán, con los mismo números, Lasso pierde con el 49% y, del otro lado, Lenín perdía con el 48%. En ambos casos, el candidato perdedor se va llevando consigo, en la misma calidad de perdedores, a casi la mitad del país. Entonces ¿quién pierde? En cualquier caso, el país pierde.

En números gruesos, la cosa está ‘a medias’ y estamos jugando a la democracia del Kinder Garden: la mitad más uno manda. Y así mismo sale, porque se está peleando un poco más del 1% de los votos válidos, en una elección con una aún significativa abstención de voto. Gane quien gane o haya ganado, la mitad del país pierde. ¡Y la mitad de los ecuatorianos somos un montón de gente!

Esto es lo que no queremos ver: no importa el candidato, el país ha perdido ya. La mitad de los ecuatorianos están contentos y la otra mitad están enojados pero, todos, estamos simplemente esperanzados en que el futuro presidente cambie las cosas.

Y eso es lo que tendrá que hacer: cualquier nuevo Presidente de este país sabe que la mitad de su pueblo, simplemente, no lo quiere. La misión ya no es solo de administración y de economía, sino de reconstrucción de la voluntad y la personalidad nacional. Al futuro Presidente le es obligatorio, si quiere pasar en Carondelet más de un año, concertar con todos los bandos. El grupo perdedor tiene que verse representado y sentirse escuchado en el nuevo gobierno.

Lenín tiene la mayoría en la Asamblea, pero la mitad del Ecuador está cansado de un legislativo absoluto como el que hemos tenido y, si las prácticas no cambian, esa mitad de la gente saldrá a las calles convirtiendo el país en un campo de guerra.

Lasso enfrentaría oposición y bloqueo en esa Asamblea y la mitad del Ecuador también saldrá a las calles a enfrentarse al legislativo. En el mejor de los casos deberemos buscar la muerte cruzada.

Por donde se vea, perdemos. Y perdemos a medias, porque la mitad que se siente ganadora no podrá disfrutar de su ganancia, y la mitad hoy perdedora disfrutará de cada pequeña victoria que, en lo futuro, pueda sonsacarle al nuevo gobierno. En ese lapso la economía no hallará estabilidad, los oportunistas harán de las suyas y el hombre del maletín necesitará volqueta.

El Ecuador perdió por completo, y los candidatos perdieron a medias. Ninguno podría gobernar eficientemente. Ninguno podrá administrar en paz. Cualquiera de ellos enfrentará oposición.

Ni Lasso ni Moreno han sido plenamente legitimados por la voluntad nacional. Ninguno cuenta con el apoyo irrestricto de su pueblo. Y, así, bien podemos decir que, en definitiva, aunque tengamos presidente, el Ecuador no tendrá un líder.

Deberá ocurrir algo grande (como la guerra del Cenepa) para reunificar el espíritu del país. Y luego de haber soportado conatos de erupciones, terremotos e inundaciones, no sé qué evento podrá, realmente, obligarnos a olvidar nuestras diferencia y distraer el intenso contrapunto político que se verá los siguientes años. A esto, sumemos que cualquiera que tome las riendas del Ecuador deberá, obligatoriamente, dictar medidas ‘antipopulares’ para poder solventar la economía y tendremos, como resultado, el caldo de cultivo de la inestabilidad y la anarquía.

Ruego al Hacedor estar equivocado. (O)

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