Las elecciones en la mayor democracia del continente, Estados Unidos, se llevaron adelante en un ambiente tenso por la pandemia que ha causado muchos estragos en la economía y la salud. La elección final se hizo entre dos candidatos, uno de cada partido mayoritario, luego de auténticas elecciones primarias al interior de cada uno de ellos. A pesar de la gran población que habita ese país, los escogidos para librar la batalla en las primarias provienen de cúpulas poderosas que ostentan el poder desde hace mucho tiempo. Basta observar como se ha “heredado” el sillón presidencial de padre a hijo o de presidente a vicepresidente, evidenciando la relación de “clan” desde la era Kennedy.

Por otro lado, es curioso que apenas sobrevivan dos tendencias ideológicas, los Republicanos (conservadores) y los Demócratas (liberales), en contraste con países como el nuestro, donde sobrepasan la veintena. También se observa que dichas tendencias se radicalizan con el paso del tiempo, provocando división entre sus habitantes, que se evidencia al menor estímulo como ha ocurrido, con chispas de violencia, que desencadenan reacciones extralimitadas e incontenibles de hordas de jóvenes idealistas que protestan airadamente por los excesos de una fuerza policial, respaldada por el gobierno derechista.

El electorado está claramente dividido, lo cual ha motivado una cifra record de más de cien millones de votantes que  ejercieron su derecho, que es voluntario. Además, se advierte que muchos de ellos lo hacen para “evitar” que acceda al poder el candidato que menos le agrada, arrojando resultados muy estrechos. Otra realidad que aflora es que los Estados más progresistas votan por los Demócratas, mientras que las zonas rurales y Estados apartados votan por los Republicanos. Los jóvenes, latinos, afroamericanos votan mayoritariamente por el Demócrata Biden. Los empresarios, personas mayores, fuerzas armadas, patrioteros, Nacionalistas, votan por el Republicano Trump.

La población en Latinoamérica es mucho más “politizada” que en los países desarrollados, pues los gobiernos no inciden de manera cotidiana en la vida de los ciudadanos. La mayoría de habitantes en Estados Unidos no sigue lo que ocurre en el resto del mundo y muchas veces no les preocupa lo que ocurre al lado opuesto de su propio país. Una gran parte de la población norteamericana espera que mejoren las condiciones económicas, básicamente, y favorecen el estilo de gobierno que ejerce Trump, siendo un empresario, más que político. Mientras que los idealistas, artistas, jóvenes, inmigrantes, sectores empobrecidos, prefieren el lado social de los políticos demócratas.

Debemos resaltar el estilo agresivo de esta campaña, que demostró la preocupación de cada candidato de desprestigiar al oponente, predisponiendo al electorado en su contra. El populismo no deja de hacerse presente y las armas utilizadas se asemejan a las que observamos en nuestro país. Las “fake news” o noticias falsas están a la orden del día. Mutuas acusaciones de actos reprochables se utilizan con afán de dañar la imagen del partido y candidato opositor. Estas actitudes despiertan reacciones encontradas de los electores, que en algunos casos votan para castigar al que consideran culpable, mientras que en otros casos votan para defender a su candidato.

De estas observaciones podemos colegir que la política se radicaliza con el paso del tiempo, por razones alejadas de las ideologías, las cuales van perdiendo fuerza para dar paso a estrategias fríamente calculadas por expertos en marketing político, haciendo uso de cualquier arma con el único objetivo de captar el ansiado voto. Debemos destacar también la ausencia de acusaciones de corrupción, que en nuestra realidad son pan de todos los días. Seguramente vamos a presenciar un panorama similar de polarización en las próximas elecciones. ¡Atenti!(O)