Alan Cathey

Doblemente discriminada, por ser mujer y ser kurda, Mahsa Amini, una joven iraní de 22 años de edad, es detenida y trasladada a un centro de “reeducación “, por la denominada “policía de la moral” iraní, que vendría a ser una organización paraestatal vinculada a la teocracia reinante, encargada de verificar que las mujeres, en su condición de personas necesitadas de supervisión masculina para todos los actos de su vida, seguramente por algún defecto teológico de origen que impide confiar en su criterio y responsabilidad para adoptar decisiones o conductas acordes con las normas supuestamente establecidas por un profeta del siglo VI, de cuya modernidad y actualidad es una peligrosa herejía discutir. A las pocas horas de su detención, por usar “incorrectamente” el hijab para cubrirse el cabello, la joven debe ser internada de urgencia en un hospital, al que llega en coma, condición que no superará hasta su muerte 3 días más tarde. Como cabe suponerse por la naturaleza del régimen, sus familiares nunca pueden visitarla siquiera, ni sus restos les son entregados para sepultarla. Los testigos que afirmaron haber visto como la joven era golpeada repetidamente en la cabeza con las cachiporras de los acuciosos y muy morales guardianes de la moral, seguramente horrorizados por la impúdica exhibición del cabello de la muchacha, lujuriosa tentación para los creyentes, expuestos a las artimañas demoniacas de Eva y de Lilith, rápidamente han desaparecido, para dar paso a la versión oficial, que piadosamente afirma que la chica, seguramente por el susto, sufrió un infarto, del cual no salió. Sospecho que habrá alguna versión teológica que atribuya su muerte a la intervención directa del misericordioso Ala, que habrá actuado por mano propia para que sus mandatos sean obedecidos. Inevitablemente, se me viene el recuerdo de la historia del parte policial que nos cuenta del cadáver del delincuente hallado por la policía, con 24 machetazos en la espalda, y la contundente conclusión de que “se presume suicidio”.

En las teocracias, como en sus equivalentes laicos, las dictaduras ideológicas, la mentira, el subterfugio y el engaño, son una segunda naturaleza, cuando no la primera. El caso iraní es paradigmático. Recordemos cómo, hace dos años, tras derribar por medio de misiles un avión de pasajeros ucraniano que había despegado del aeropuerto de Teherán unos minutos antes, la teocracia iraní juró por Ala que nada tenían que ver con el criminal acto, que se trataba de una vil propaganda del Gran Satán contra la santa república islámica, o que, en el peor de los casos, habría sido un rayo del cielo que demostraba como Ala el misericordioso, bendito sea su nombre, apoyaba a sus fieles. Tras las contundentes evidencias del origen de los misiles, lanzados por alguno de los fanáticos guardianes de la revolución, que es de hecho una organización paramilitar como en su momento lo fueran las SS en el III Reich, un instrumento fanatizado de un liderazgo enloquecido, superpuesto sobre las Fuerzas Armadas para asegurarse su lealtad, los clérigos iraníes debieron, rechinando los dientes y mesándose las barbas, aceptar que en efecto eran sus misiles los que asesinaron a 170 personas, pero que el culpable, como es obvio, era Estados Unidos. Tratándose de meros infieles, la teocracia iraní se negó a asumir la responsabilidad legal de indemnizar a las familias de las víctimas, aunque en realidad es muy improbable que lo hubieran hecho si se trataba de fieles. La decencia no suele ser una calidad habitual entre fanáticos. El asesinato de la joven ha desatado una ola de indignación generalizada en el país, con masivas protestas en prácticamente todas las ciudades, ya no solamente exigiendo que se castigue a los asesinos y que el régimen deje de encubrir a los criminales que actúan a su nombre, sino también la eliminación de éste tribunal ambulante de inquisición contra las mujeres iraníes.

La represión, como es habitual en Irán, ha sido salvaje, con sus SS empleándose a fondo, disparando munición viva contra los manifestantes. Hasta el día domingo se registraban ya más de cincuenta muertos y casi 800 detenidos, asunto que, en una dictadura teocrática irresponsable, es tal vez aún más aterrador que ser muerto. Miles de mujeres, en un acto de valor excepcional, que puede hasta llevarlas a ser azotadas en público, se han despojado de sus hijabs, velos y burkas, detrás de los cuales unos clérigos aferrados a un pasado oscurantista han pretendido mantenerlas encerradas para que no los hagan caer en tentación. Con angustia y tristeza, dada la indiferencia absoluta de una clerecía retardataria ante la opinión internacional, hay que temer, como ya sucediera hace 2 años, que las matanzas, encarcelamientos y torturas de quienes se han atrevido a manifestarse, se repetirán con la brutalidad demostrada una y otra vez. Más de 1500 muertos fueron el saldo de la represión por las protestas por el creciente costo de la vida y la miseria del país. Resulta en verdad extraordinario que el espíritu de la población y su coraje no se agosten, a pesar de la ciega crueldad impuesta desde el poder político y religioso, en arcaico y vergonzoso maridaje. (O)