La economía ecuatoriana tuvo su apogeo en la década corrompida, gracias a la histórica elevación de precios del petróleo, considerando que nuestro país ha dependido principalmente del oro negro por los últimos 48 años. Esta inesperada generación de ingresos, le abrió nuevas líneas de financiamiento al país, pues era evidente su capacidad de honrar sus deudas. Adicionalmente, existían ahorros importantes como el FEIREP, reservas monetarias en el Banco Central, y una base sólida de fondos de inversión del IESS. Todos esos recursos fueron festinados al calor del ideario denominado Socialismo del Siglo XXI, anunciado pocos años atrás por Hugo Chávez, para “justificar” la implantación del fracasado modelo cubano.

Al cabo de una década de implantación de un perverso modelo político que privilegió la toma de decisiones para lograr el apoyo popular a cambio de mantenerse en el poder, condenándonos al estancamiento económico, como lo demuestran las pobres cifras de empleo adecuado que no superaron el 40%, se acabó la bonanza petrolera y todo el dinero que ingresó al país. Desaparecieron los ahorros del sector público y heredamos deudas por más de 62 000 millones de dólares. La transición para salir de ese modelo de crecimiento “hacia adentro” ha sido muy lenta y no se ha logrado una definición clara para avanzar hacia un desarrollo sostenible. La clase política no ha podido presentar serias alternativas para el debate nacional.

La situación se agravó con la pandemia, que ha provocado graves perjuicios económicos. A casi seis meses de declarada la emergencia, no avizoramos el fin de sus efectos y la posibilidad de reactivar la economía. El país ha perdido más de 10 000 millones de dólares y un millón de empleos. La angustia ha hecho carne en la mayoría de habitantes de nuestra Patria y no queda sino la esperanza de volver a laborar con “normalidad” para recuperar con redoblado esfuerzo, lo perdido. Con este panorama, hemos sido convocados a renovar los administradores del Estado y la Asamblea legislativa.

Absortos vemos desfilar una veintena de “presidenciables”  y centenas de legisladores / fiscalizadores dispuestos a sacrificarse para “salvar la Nación”.  No dudamos de que las propuestas de tantos salvadores “desinteresados” se concentren en lo coyuntural, la salud y la economía, privilegiando lo superficial que se siente en las llagas que ha dejado la mala gestión de la clase política en los primeros 50 años de petroleros. La pregunta que cabe para todos ellos sería ¿cuál es el modelo económico que proponen para sacar adelante al país en los próximos 25 años?

Las corrientes políticas locales reflejan lo que ocurre en la Región. Por un lado, el populismo se presenta bajo diferentes banderas, como el camuflado modelo cubano, el socialismo del siglo XXI, las revoluciones criollas, los movimientos de pseudo izquierda. Estas ideologías aparentan funcionar bien mientras existen recursos en el Estado para repartirlos de forma clientelar para “comprar” el voto. Pero van al descalabro en la medida que estos se agotan, momento en que deben retirarse para dejar que el peso de la crisis caiga sobre los “opositores” y esperar para retomar el poder cuando haya mejorado la situación y haya olvidado el pueblo sobre su autoría.

Por otro lado, países cercanos han logrado abandonar el populismo y promover un modelo de apertura, que se apoya en la inversión privada, con un Estado fortalecido en sus competencias fundamentales con el fruto de una economía creciente y diversificada. Con programas de desarrollo de largo alcance que superan los intereses partidistas  coyunturales, apoyados en verdaderos pactos sociales. Por ahora, los ecuatorianos tenemos una amplia gama de opciones populistas que llenan la papeleta electoral y escasas propuestas sostenibles. ¡ALERTA CIUDADANOS!(O)