Resta una semana para que los mercachifles de la política nos lancen sus últimas SUPER ofertas con las que pretenden “comprar” los votitos que les faltan para alcanzar la gloria terrenal de gobernar los recursos públicos y saciar sus voraces apetitos, con las directrices de sus ideólogos, que desde lejanos feudos políticos disponen los pasos a seguir para perennizarse en el poder. Estos movimientos regionales, inspirados por el propio Fidel y heredados por un puñado de avezados personajes que emergieron de las tinieblas, “van por más”, pues no basta lo saqueado en los países que cayeron en sus garras.

La mayoría de candidatos no tiene nada que perder, se aventuran en busca de un golpe de suerte y quién sabe, sacar “alguna cosita” en estas épocas de crisis económica.  Pero existen otros candidatos, claramente identificados con movimientos regionales, que han ejercido el gobierno y demostrado lo que son capaces de hacer. Entre ellos, los socialistas del Siglo XXI, que ya NO se identifican como tales para que no les recuerden sus vínculos con nefastos gobiernos genocidas como el de Venezuela, tienen una larga hoja de vida que evidencia sus verdaderas intenciones.

Tenemos muy claro que detrás de las campañas millonarias que llevaron a conquistar el voto mayoritario en la década perdida para el país, estuvo una red de corrupción que gestionaba enormes sumas de dinero fruto de extorsión a contratistas del Estado, quienes se veían obligados a “pagar para cobrar”. Prueba de eso es su declaratoria de culpabilidad, que les llevó a ser sancionados con penas de prisión y el pago de elevadas sumas de dinero a manera de compensación por los daños causados. Por el lado público, se sentenció a una veintena de corruptores que se encuentran pagando la pena, o están fugitivos.

Sobre el manejo de los recursos públicos, también tenemos evidencia del estilo de gobernar. Se echó mano de todo “dinerito” que se encontraba al alcance del Gobierno. Vaciaron las reservas del Banco Central, IESS, Fondo de emergencia FEIREP. Agotaron la capacidad de crédito externo e interno, vendieron anticipadamente petróleo a los chinos y promovieron para que todo el mundo eche mano de sus “ahorritos” y los ponga a trabajar, quiere decir “gastar”, para dinamizar artificialmente la economía. Este modelo de apostar por todos los recursos es altamente peligroso, pues en épocas de vacas flacas -como la que nos llegó con la pandemia- no tenemos reservas para enfrentar la crisis.

En relación a la calidad de gasto público, hay mucho que observar. Los sobreprecios estuvieron a la orden del día. Obras como la carretera Collas, con la más escandalosa glosa, evidencia la obra faraónica que se privilegió, decidida a dedo para resolver un problema inexistente de movilidad, a un precio estratosférico, pues apenas son 11 kilómetros a un precio superior a diecisiete millones de dólares por kilómetro, para que circule -en promedio- menos de un vehículo por minuto. La sumatoria de sobreprecios, que evidentemente terminan en los bolsillos de los gobernantes,  falta de planificación, deficiencias en la construcción y pésima operación por entes públicos, dan como resultado una pésima calidad de obra pública que pagan los contribuyentes.

Como si todo esto fuere poco, este modelo populista promovió la lucha de clases como estrategia para reinar en medio del caos, buscando culpables de todos los males endémicos que adolece la población, para exacerbar los ánimos y soliviantar al pueblo, con ofertas demagógicas con las que solo pretenden erigirse como los redentores de los oprimidos, que resulta ser un muy bien remunerado trabajito para vivir como magnates y miembros honoríficos de la nueva oligarquía.

¡Atenti votantes! (O)