Se ha iniciado formalmente la campaña para promocionar a los candidatos que aspiran alcanzar el favor popular en febrero. Se ponen a prueba las cualidades de oratoria, liderazgo, sociabilización, improvisación, tolerancia, inteligencia, caudillismo, creatividad, simpatía y toda forma de llamar la atención de los incautos y desmotivados ciudadanos que, por obligación, deberán consignar su voto por un auto inmolado para servir a la Patria.

Son decenas de aspirantes para elevarse a las esferas del poder, todos con la promesa de actuar en defensa de los intereses de las grandes mayorías, y sobre todo de una manera honorable, combatiendo la corrupción que dicen aborrecer.  Todo suena muy romántico y provoca hasta derramar unas lágrimas de felicidad al sabernos protegidos por estos ángeles terrenales salidos de quien sabe dónde. Sin embargo, la pregunta del millón es cómo dilucidar de entre tanta palabrería y mentira forjada ad-hoc para la ocasión, y escoger a quienes sean la mejor opción y lo más alejado de la mala práctica del poder, que se ha generalizado en la esfera pública.

La Biblia nos sugiere que “por sus obras los conoceréis…” y parece que viene a pedir de boca este ejercicio de memoria para aplicar a aquellos pulcros candidatos y movimientos políticos que quieren hacer un “borrón y cuenta nueva” dejando en el olvido lo que hicieron cuando ejercieron el poder. Los ciudadanos tenemos el deber moral de no repetir los mismos errores, pues los que pagarían tales equivocaciones serían nuestros descendientes, cuyo futuro está en juego, además de nuestro presente. Por esa razón, esta invitación es a refrescar la memoria de los grandes males que tienen autores, cómplices y encubridores que deben asumir su responsabilidad.

Una mirada hacia las cuatro décadas de era petrolera nos lleva a deducir que no hemos sabido administrar los recursos económicos que nos llegaron luego de casi un siglo y medio de vivir como República. Los recursos se dilapidaron, en su mayoría, a manos de la clase política que se ha turnado para acceder al poder y en conjunto ser responsables de no haber alcanzado un desarrollo sostenible y sustentable a mediano y largo plazo con oportunidades para la mayoría de sus habitantes. En años recientes, el populismo ha alcanzado el poder y nos legó grandes distorsiones que permanecerán en nuestro camino, impidiendo la emancipación económica.

La sociedad está dividida, polarizada, amenazada en la paz que tuvimos cuando éramos pobres pero vivíamos más felices. El modelo populista implantado bajo el pretensioso título de Socialismo del Siglo XXI, que no es sino una adaptación de modelos fracasados del siglo pasado para alcanzar el poder en las urnas, fracturó nuestra sociedad y privilegió sus protervos intereses políticos. Enormes obras faraónicas han quedado como mudos testigos del estilo demagógico y clientelar de gobernar, como la inexistente refinería del Aromo, la planta de gas natural de Bajo Alto, el poliducto Pascuales-Cuenca, el aeropuerto de Cotopaxi, el edificio Unasur, la carretera Collas, la ampliación de la refinería de Esmeraldas, escuelas del milenio en abandonados parajes cual molinos de viento quijotescos,  y cientos más.  

Al IESS le han sumido en la crisis más profunda, cuyas reservas han sido pulverizadas, transformadas en papeles incobrables del Estado, despojándole de los aportes para financiar las jubilaciones, y endosándole la responsabilidad de atender una gran población que no cotiza. La burocracia improductiva ha crecido al punto de ser insostenible. Las ofertas demagógicas sin financiamiento quedan para ser pagadas con impuestos o endeudamiento. La permisividad en materia de narcotráfico, desde las fronteras, pasando por plazas y calles hasta el mar territorial. La promiscua migración. Es hora de decir basta.

¡Votemos responsablemente! (O)