Hace pocos días la Asamblea Nacional promulgó una ley en la cual se señalan parámetros para fijar el precio que debe ser pagado a los productores de leche. Según esta normativa, el productor no debe recibir menos del 52% del precio que finalmente tiene la leche en las perchas de los supermercados.
Es decir, que si un litro de leche vale un dólar en la tienda, al hacendado no se le puede pagar menos de 52 centavos por ese mismo litro. Suena bien.
La medida ha sido aplaudida por el sector lechero, pero parece que no están conscientes de las posibles repercusiones negativas y de cómo funciona el mercado.
Es simple: si usted tiene una fábrica de cualquier cosa, y su producto final cuesta, digamos, un dólar, en ese dólar usted tiene que obtener una ganancia adecuada y además hacer alcanzar para pagar sus costos de producción. Su empresa tiene empleados que ganan un sueldo regulado por la ley, es decir, no puede bajarles el sueldo. Su empresa paga impuestos que son fijados por la ley, o sea no puede pagar menos impuestos. Su empresa paga servicios básicos que también son fijados por la autoridad y no pueden reducirse. Su empresa paga muchísimas cosas que ya están reguladas por la ley (créditos, tasas, contribuciones municipales, etc.) y por tanto no tiene mucho espacio para reducirse sus costos, salvo en el valor de la materia prima con la que trabaja.
Es decir, si casi todos sus gastos son relativamente fijos, porque están regulados, a usted no le queda más que buscar al proveedor de materia prima que se la venda lo más barato posible. Ahora, el costo de la materia prima, en el caso de la leche, también está regulado. ¿Qué hará usted, empresario, para poder mantener su negocio a flote, si no puede conseguir materia prima barata? Obvio: subir sus precios.
Así que la regulación del precio de la leche podría no ser una noticia tan buena para el consumidor final.
La solución no es fijar precio a las cosas, sino modificar nuestros sistemas productivos y las dinámicas del mercado para hacer que nuestras industrias sean más competitivas, puedan obtener insumos al mejor costo y los precios finales bajen. La respuesta adecuada es eliminar al intermediario fomentando mercados directos en compañía de las asociaciones de productores. Además, a estas asociaciones habría que darles capacitación y líneas de crédito específicas para que puedan constituir plantas de tratamiento de leche y así puedan competir con las grandes marcas.
Regular el precio de un insumo básico es una medida poco meditada y que no guarda relación con la realidad. Incluso esta normativa fomenta el uso de insumos clandestinos, porque el mercado no tiene moral, simplemente reacciona y busca el mejor precio, así sea fuera de la ley. Y habrá incluso productores nacionales que decidan cobrar un poco menos, pero vender más, pese a que el precio esté regulado. Se fomentaría la competencia desleal, el contrabando de insumos y un mercado negro de la leche.
Lo he dicho antes: todos estamos de acuerdo en los problemas del país, pero nadie está de acuerdo en la solución.
Regular el precio de un insumo básico no puede tener otro efecto que modificar los costos de producción y eventualmente encarecer el producto final. Cuando el producto final se vuelve caro, la gente deja de comprarlo, las empresas reducen sus ventas y luego reducirán su producción, necesitarán menos empleados y eventualmente determinarán que trabajar en Ecuador simplemente no es rentable. Se irán, como ya se han ido muchas. Y sin empresas que compren la leche cruda o comprándola en menor cantidad, finalmente, sigue perdiendo el productor.
Antes perdía el productor. Hoy tenemos el riesgo de que pierdan el productor, el consumidor y el empresario con todos sus empleados.
Roguemos que el mercado sea capaz de reaccionar a estas medidas y/o que se logre reducir otros costos vinculados a la industrialización de la leche y que todo lo que hoy veo como un riesgo, no suceda nunca. (O)