Recuerdo que por los años 80, las familias se reunían en casa en las noches para ver las novelas en un solo dormitorio, muchos de los hogares precisaban de una sola televisión, no sé si por comodidad o fortuna, pero al menos las familias eran más unidas que ahora… bien a eso de las 20:00 empezaba la transmisión de los típicos libretos mexicanos dónde el odio, la ambición, la traición, la codicia, el engaño, la envidia y el egoísmo era la estructura de la trama que rodeaba la búsqueda del amor. Todo iniciaba con la mujer pobre, desventurada que con el tiempo se enamoraba, viviendo una historia de fantasías con personajes ficticios, pasaba por mil peripecias, para al final acabar feliz y con riquezas; de igual manera la novela político-social que vivimos, justamente arrancaba con un personaje pobre, que se vuelve rico y no precisamente gracias a la fortuna del amor.
Esta historia se ha comentado casi por sí sola, a veces con ayuda de los medios de comunicación, su escenario parte de una trama de poder, habilidad que aplicada en forma desmedida con el pasar de los años iba acrecentando un sentimiento de odio; pero en su momento, era el medio por el cual se mantenía dividido el pensamiento y se hacía más fácil el gobernar; había quedado atrás el ideal y los principios que movieron en su tiempo a la masa inconforme y cansada, pocos lo entendían; pero corría por el torrente de las venas de muchos “un virus” el peor que puede atacar a los políticos, pues los enceguece.
Este virus había colonizado en la mente, la enfermedad del adulamiento, el enfermo aturdido y confundido ya no podía pisar con firmeza, era obvio saber cómo y dónde terminaría el infectado. Ya para ese capítulo, se presenciaban sabias las frases escritas por los antiguos; uno de ellos Pierre Charron, quien escribió “La adulación es peor que el falso testimonio, porque éste no corrompe al juez, sino le engaña: la adulación corrompe el juicio, engaña al entendimiento y le hace inaccesible a la verdad.”
Fugazmente los aduladores, se convertirían a los ojos de muchos en traidores, quienes al ver el camino libre se atropellaban unos con otros; ellos eran presas fáciles para que inmediatamente ingrese también a sus mentes el virus del poder; rodeaba la ambición, la misma que comenzaba a romper las falsas amistades y compadrazgos, sobreviniendo así, los delatores que con verborrea y ventilador enlodaban a quien osare ponerse en frente o apareciera.
Desnudadas las verdades o las calumnias, era fácil inmolarse; además “los cuervos arrancan los ojos a los muertos cuando ya no les hacen falta” Estábamos presenciando el capítulo de las bajas pasiones, con signos de intencionalidad de destrucción de la dignidad de las personas. “hablaban los angelitos” abriendo el cofre de su silencio; departiendo sus querencias, se reflejaban sus carencias.
Empezaron las pesquisas, buscaban culpables ansiosamente, apareciendo sendos procesos y pocos procesados, enojados los compadres, se dijeron las verdades y el pueblo, hay el pueblo, no se perdía ni un solo capítulo de esta novela, pero “la afectación en el hombre es lo que el maquillaje en la mujer, y en ninguno de los dos casos se engaña a nadie” ¡pero sí que distrae!
El escenario estaba saturado de artimañas e ira; pronto alguien, culpable o inocente afrontaría la sed de venganza recargada por años. Los que protegían ahora eran los verdugos, sin preocuparse que con la vara que mides, serás medido, situación que propone una reflexión y pregunta ¿será por eso que la figura que simboliza a la justicia se encuentra vendada los ojos? simplemente la balanza de esta misma figura estaba ya en desequilibrio y los brazos de sostén ya sufrían de tendinitis, era solo cuestión de tiempo; en fin, la espada había caído mutilando una cabeza grande.
Vinieron los viajes, los encuentros y los acuerdos, era increíble lo que la mujer de babilonia de exquisito perfume extranjero con su seducción de riqueza había ocasionado y desatado; mientras seguían avanzando las investigaciones las instituciones tenían la idea de que, en un momento dado debían agrandar sus archivos para alojar tantos documentos que llegaban de todos lados; más se ratificó este pensamiento ya que con mérito o su opuesto, el investigador se volvía el investigado. Preguntado Diógenes ¿qué animal muerde perniciosamente? respondió: “De los bravíos, el calumniador: de los domados, el adulador.”
Ha pasado escena tras escena y estamos frente a un momento crucial y presagiándose el final, es necesario cambiar definiciones, ya que la lealtad de ninguna manera debe estar para con los hombres; la lealtad de los hombres debe ser para con sus principios, aquellos que lo guían por el sendero de la verdad.
Para nuestro consuelo: “toda novela siempre tiene un final feliz”. (O)

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