“Maestro, fuente de sabiduría y conocimiento”. Todos hemos tenido en la vida al menos un profesor que ha dejado huella positiva; grandes seres humanos que nos inspiraron e incluso nos motivaron a ser mejores personas. Pero también hay profesores que nos defraudaron y son el claro ejemplo para cuestionar el sistema educativo. Hoy, este espacio va dedicado a aquel segundo grupo.
Están los docentes que se conformaron con su primer título, difícilmente se preparan y crean verdades absolutas a su manera. Años atrás, cuando aspiraba obtener el título de artesana, debía seguir un curso previo que recogía materias básicas como historia, matemáticas y lenguaje. El grupo de estudiantes era bastante diverso y primaba un buen porcentaje que solo había alcanzado la educación básica. Durante tres meses el maestro, con audacia y muy poca paciencia, brindaba sus clases en las que tuvimos varios episodios memorables. Como cuando insistió que Atahualpa fue capturado por los españoles en Atacames porque estaba de vacaciones, ecuaciones con variables que nunca lograban despejarse y disposiciones como “señores vamos a leír…”.
Encontré más de una vez, profesores que perdían objetividad, calificaban en base a las apariencias y no tenían reparo en menospreciar públicamente a sus alumnos más desafortunados. En primaria, por ejemplo, había una maestra que siempre daba preferencia en notas, eventos escolares, delegaciones y demás eventos importantes, a una niña en particular, no por mérito sino porque en gratitud de dicha elección siempre recibía un regalo extravagante para el día del maestro, Navidad y fin de año. La historia se repite incluso en la universidad, donde los profesores son colmados de regalos costosos y empalagosos halagos por una oportunidad más.
También conocí una profesora (hoy bien podría llamarse xenofóbica) que criticaba abiertamente en las clases a los peruanos y con una buena dosis de rabia los responsabilizaba de todos los males que sufría el Ecuador. En aquel entonces estábamos en conflictos con Perú y coincidentemente había llegado una compañera de este vecino país. Desde una esquina la niña escuchaba en silencio aquellos reclamos públicos y cada vez que ella se equivocaba en la lección, la profesora replicaba “peruana tenías que ser”. No imagino el dolor y el trauma que aquella pequeña niña debió haber pasado por el solo hecho de ser de otra nación y haber venido en el momento más desafortunado.
Años más tarde, ya en la universidad, tuve el sabor amargo de confirmar que muchos profesores también se dejaban deslumbrar por las apariencias. Teníamos que presentar un trabajo de rutina, yo estaba basada en la filosofía de simplicidad y ecología así que entregué aquel documento como solía hacerlo: en una hoja simple a doble cara. Recibí la calificación con una observación “Excelente contenido, pésima presentación. Se sugiere que cambie” Cuando vi el trabajo de mis compañeros que obtuvieron la mejor calificación, resulta que era una transcripción literal de una página web distribuida en 4 hojas de documento a doble espacio, con una hoja de carátula y primorosamente incluidas en una carpeta de color con diseño. Era evidente que la profesora validó la presentación más que el contenido.
Finalmente, están los profesores que viven de los calificativos, consiguen múltiples títulos no por el hecho de aprender más sino por la vanidad de ser llamados master o doctor. ¡Ay de aquel que se atreva a llamarlos con un título menor a estos! Lo más triste es que tantos títulos universitarios poco o nada sirven, porque su conocimiento es limitado y hasta equivocado.
La lista continúa, lo cierto es que lamentablemente -gracias a ‘personajes’ como éstos- la educación ha perdido su sentido, donde pesan más los agrados, los títulos y las apariencias, mientras que la burocracia y la mediocridad se apoderan del sistema.(O)