El concepto de belleza es dinámico, a veces confuso y evoluciona en base a las tendencias del marketing y los personajes del momento. Lo cierto es que aquello considerado bello décadas atrás, en la actualidad no necesariamente se mantiene, los tiempos cambian para bien y para mal.
Todos anhelamos sentirnos aceptados, admirados y hasta cierto punto envidiados. En aquel afán de reconocimiento, tanto hombres y mujeres nos hemos sometido voluntariamente a los estereotipos que el medio impone. En el caso de las mujeres, las distintas marcas nos muestran comerciales y portadas con modelos extremadamente delgadas y sin defecto alguno como: arrugas, pecas, granos, estrías, celulitis y flacidez. A todas ellas se las ve radiantes, exitosas y felices.
Entonces comprendemos que la felicidad está estrechamente relacionada a cómo nos vemos. Pensamos que mientras más nos asemejemos a aquellas modelos, más felices seremos. Exponemos nuestro cuerpo a varios suplicios, porque eso sí, ser bellas necesariamente implica dolor, sacrificio y una buena inversión económica. Llenamos nuestro gabinete con cremas antiarrugas, elixires de belleza (incluso a veces peligrosos) en el intento de detener el tiempo en nuestra piel. Compramos insistentemente colores fantásticos y de temporada para el rostro, labios, párpados, pómulos, cejas y pestañas con tal de ocultar cualquier imperfección por más natural que sea. Nos aferramos a las dietas, los productos milagrosos e incluso pasamos hambre en el afán de reducir aquellos kilos demás y llegar a caber en las tan deseadas tallas small o extra small. Nos deshacemos con asco y pudor cualquier indicio de vello en nuestro cuerpo, porque nos convencieron que a pesar de ser un proceso natural, en las mujeres es algo desagradable. Aceptamos con resignación las ampollas y los intensos dolores en los pies con tal de vernos radiantes en aquellos tacones…
En definitiva, son muchos los productos y métodos que seguimos en ese afán de sentirnos bellas, ojo: no critico a aquellas mujeres que los cumplen a cabalidad, de hecho, yo también sigo algunos. Lo que sí discrepo es la urgencia de ir en contra nuestra salud y bienestar, que prioricemos la necesidad de ser otras personas sólo por cómo nos vemos. No comparto que en el afán de alcanzar la belleza perdamos nuestra esencia, dejemos de querernos a nosotras mismas y no aceptemos al resto por ser diferente.
La apariencia física es parte de un círculo vicioso, donde además del marketing, las familias y las instituciones también se han involucrado. Como consecuencia, se está formando una sociedad con personas inseguras, fáciles de convencer y carentes de autoestima. Ante esto algunos medios ya han puesto en evidencia que incluso las grandes modelos y artistas también tienen imperfecciones propias de la naturaleza humana, y que forzadamente en el afán de vender una imagen han ocultado esos defectos con trucos de edición. De hecho, algunas marcas están hoy en día, están incluyendo mujeres naturales en sus campañas con el propósito de inspirar a más mujeres a quererse como son.
¿Por qué entonces ansiar ser perfectas? A mi manera de ver, la felicidad no se consigue a través de la imagen, sino aceptándonos a nosotras mismas con los defectos y virtudes que implica un ser humano, admitir los años con gratitud y a vivir plenamente. (O)