El calendario me confirma que mi estancia en Ecuador ha terminado. Con un remolino de emociones; con historias y anécdotas de viajes; con la maleta llena de chocolate, café y horchata; con el dolor de decir adiós a mi familia y amigos; el momento de regresar a Chile a llegado…

Veinte y cinco días no alcanzaron para visitar todos los lugares, para comer todos los platillos, pero especialmente, para compartir con todos los seres queridos. Aún quedaron muchos pendientes: el viaje con los amigos del colegio, la reunión con las Tulpas, la pamba mesa familiar, la invitación a almorzar, los partidos de cuarentena y las cervezas…

Y es que volver a Ecuador después de casi 3 años, me hizo confirmar que a pesar del tiempo y la distancia hay cosas que nunca cambian. No me refiero a la dinámica de la ciudad o el físico de las personas, que evidentemente se han transformado; pero el cariño, la consideración y el aprecio siguen intactos.

Lo veo en el amor incondicional de mis padres, expresado en cada gesto, en las conversaciones profundas, las risas compartidas y en aquellos platillos que tanto extrañé. El volver a mi primer hogar hace que, a pesar de mis treinta y tantos años, vuelva a sentirme como una niña.

Lo veo con mis primos y mi hermano, cuando aún después de tanto tiempo, podemos compartir aventuras tal como cuando éramos pequeños. No se diga de las reuniones con los tíos y primos mayores que siguen siendo llenas de risas y gratos momentos.

Lo veo en mis amigos del colegio y aquellos que aparecieron en el camino; después de casi veinte años todavía nos seguimos encontrando y disfrutando del tiempos juntos, solo que está vez ya profesionales, más viejos y con hijos.

Lo veo en el cariño de aquellos amigos que nos invitaron a un cafecito o un trago de bienvenida y se dieron el tiempo de recibirnos en su hogar.

Lo veo en los saludos gratos y las conversaciones amenas con aquellas personas que tuve la suerte de encontrar por casualidad.

Después de casi tres años, tengo el honor de reencontrar a mis seres queridos y confirmar que el cariño y aprecio siguen ahí. Me emociona saber que la alegría sincera por el éxito del otro, las largas conversaciones, las bromas sanas y el tiempo compartido se mantienen, aún después de tanto tiempo, no solo conmigo sino también con Francisco.

Quizá por ello, a horas de embarcar aquel avión de regreso, me resulta tan doloroso despedirme de mi familia y amigos. Me voy con tristeza y nostalgia, pero al mismo tiempo agradecida por tanto cariño y con la promesa de volvernos a ver. Mil gracias por todo, hasta pronto. (O)