Es miércoles en la tarde y estoy sola en casa. Mientras trabajo en el computador, me conecto por Facebook a un evento en vivo donde participa mi prima. Después de los discursos de rigor, se presenta el Ballet Mascha Danza; la música es tan contagiosa que sin pensarlo me pongo de pie y empiezo a bailar SOLA. Termino cansada y divertida por la graciosa escena. Tomo nuevamente mi lugar frente al computador mientras el programa continúa. Llega otro intervalo artístico, esta vez un video de Papaya Dada con Alberto Plaza y Widinson, cantando “Apostemos que me caso”. No me sé la letra, pero la tonada se me hace conocida, por lo que intento adivinar las palabras. Había olvidado los recuerdos que traían aquellas tonadas, tanto así, que me puse a escuchar al Trío Colonial, La Toquilla, Paulina Tamayo y Don Medardo y sus Players, mientras escribo este artículo.

Sonrío y me digo: “así debe sentirse la nostalgia”. Y es que aquellas acciones o situaciones que resultaban casi imposibles estando en Ecuador, ahora estando lejos, resultan posibles. Siempre me gustó la música nacional, pero debo admitir que me limitaba a bailarla en las fiestas familiares y escucharlas rara vez. Hoy están en mi lista de melodías obligatorias y hasta cierto punto me resultan necesarias.

Y es que, al estar lejos, se aprecia lo cotidiano, lo raro y hasta lo absurdo. La nostalgia es la que me hace reconocer que, a pesar de la habilidad de los panaderos chilenos, las hallullas latacungueñas resultan lo más delicioso del mundo para acompañar el café de la tarde. Qué decir de los llorones, el pan de leche, el pan de yuca y los bizcochos.

La nostalgia es la que, ante la sorpresa de los chilenos, me hace explicar con lujo de detalles lo que es la colada morada, las guaguas de pan, la fanesca, el morocho y los higos con queso. Que, aunque les resulte raro, y quizá hasta repugnante, yo extraño un caldo de patas, un yaguarlocro, una guatita, un mote con chicharrón y hasta la tripa mishqui… Platillos que cuando estaba en Ecuador disfrutaba, pero hoy al estar lejos anhelo con cierta desesperación probarlos nuevamente.

La nostalgia es la que ha hecho que mire un sinfín de tutoriales en YouTube para aprender a preparar seco de pollo, encebollado, hallullas y locro de papa. Platillos que los comparto gratamente con Francisco, mi esposo chileno, que poco a poco va asimilando los nuevos sabores y  comprendiendo lo importante que es el arroz en la dieta de los ecuatorianos, aunque todavía le parece extraño que lo incluyamos hasta en el desayuno.

La nostalgia es la que hace que cada vez que vaya al supermercado revise con más atención y cierta urgencia los empaques de productos en percha, para así confirmar con emoción que los palmitos, el chocolate y el atún son orgullosamente ecuatorianos.

La nostalgia es la causante de que, a pesar de estar fascinada con las uvas, cerezas, manzanas y naranjas chilenas, obligatoriamente compre plátano y piñas ecuatorianas, aunque sean cuatro veces más costosas de su valor original en Ecuador.

La nostalgia es la que hace que siga diciendo “foco”, “esfero”, “qué relajo”, “el comoes”,” chuchaqui”, “ñaño”… y demás palabras que a pesar de que no me entiendan me doy el tiempo de explicar su significado porque así se dice en Ecuador. Me resisto a cambiar mi acento y no niego que me hace gracia cuando a Francisco se le escapan sin querer un “buenazo” o un “cha madre”. Inevitablemente las palabras ecuatorianas se le han pegado, así como a mí las chilenas.

La nostalgia es la que hace que revise el calendario y me percate de las fechas importantes en Ecuador, incluyendo feriados, días cívicos, celebraciones y por supuesto Mama Negra. Y a pesar de que aquí resulten días ordinarios, para mí resultan especiales.

La nostalgia es la que me hace pensar continuamente en mi familia, mis amigos y mi amada Latacunga. Y aunque ahora vivo una nueva y feliz etapa, mantengo la esperanza de volver, aunque sea de visita.  La música, la comida, las historias y los recuerdos me permiten tener una parte de Ecuador en mi ser. La nostalgia es aquel sentimiento de querer estar cerca aun cuando se está lejos.(O)