Las manifestaciones que se realizan todos los primero de mayo en muchos países del orbe, son la oportunidad para recordar un hecho significativo ocurrido en Chicago en 1886: la huelga organizada por líderes sindicalistas que ocasionaron muertes, por haber exigido que la jornada laboral de trabajo fuera de ocho horas. Esta fecha ha servido, además, para que sectores de oposición al régimen de turno hagan proselitismo político, aprovechándose de las siempre presentes falencias del Estado por resolver los problemas sociales y económicos.
Este primero de mayo en Ecuador no ha sido la excepción. En esta ocasión las marchas fueron pacíficas pero llenas de consignas. En varias ciudades se han hecho presente dichas movilizaciones lideradas por conocidos activistas y dirigentes sindicales. Se han colado aquellos sectores que representan intereses políticos -me refiero a ciertos innombrables, que de paso les ha ido mal-, que más bien desluce el verdadero significado de la fecha: las calles se han convertido para aquellos en el escenario para proselitismo. Algunos dirigentes sindicales, que durante los anteriores gobiernos se mantuvieron silentes, hoy asomaron con “renovados” aires reivindicativos.
Aparecieron varios pedidos: que se vayan todos, muerte cruzada, consulta popular, revocatoria del mandato, que se cumplan las ofertas de campaña, etc. Son parte de aquellas repetidas exigencias tanto del sector obrero como de cierta clase política que busca la desestabilización. Hay que convenir que el gobierno del presidente Lasso está por cumplir un año en funciones y le ha tocado un período harto complejo y difícil, tanto más que la situación cómo recibió el país era caótica, llena de trabas legales y burocracia entronizada de gobiernos anteriores.
En el fondo existe un claro mensaje al gobierno nacional y a la clase política dirigente, en el sentido de que deben sintonizar las demandas de la sociedad en su conjunto; dejar el permanente conflicto insustancial, superfluo y epidérmico que nada bueno ha traído al país para solucionar sus problemas. Asimismo, tiene que existir la necesaria apertura de las mentes de los sectores sindicales de cara a buscar coincidencias para formular una moderna legislación laboral que abra el camino a la inversión y generación de empleo estable y digno.
Requerimos que las partes convengan normas, a base de concertación y no de imposición. No se puede ser competitivos si nosotros mismos nos hacemos haraquiri, frente a nuestros vecinos que hace rato flexibilizaron sus normas laborales y tienen crecimientos mucho mejores al del Ecuador e inversiones largamente superiores, con estabilidad en las políticas tributarias. Solo hemos mirado al árbol y no al bosque. Nuestros dirigentes, aparte de aceptar críticas, tienen que aprender a escuchar a la gente y no dedicar sus esfuerzos en discusiones estériles e insustanciales, de poco interés ciudadano.
En opinión de Winston Churchil, “la crítica puede no ser agradable, pero es necesaria. Se cumple la misma función que el dolor en el cuerpo humano. Llama la atención sobre un estado poco saludable de las cosas”. La dirigencia debe rectificar, procurando una suerte de cruzada para hacer del Ecuador un país de oportunidades para todos, particularmente de los jóvenes. Esperamos resultados positivos para bien del país, su institucionalidad y gobernabilidad. (O)