Las horas pasan y la preocupación crece sobre el futuro que nos espera. Ecuador enfrenta por primera vez una amenaza masiva contra su población, que conlleva un alto grado de incertidumbre por tratarse de un virus con gran capacidad de reproducirse con afectación directa al sistema respiratorio de los seres humanos, poniéndolos en grave riesgo de muerte. Aunque no hemos llegado al punto más alto de contagios, que esperamos no sean de la magnitud que ha ocurrido en otros países desarrollados, es alarmante el nivel de contagio alcanzado, especialmente en la Costa y en Pichincha.

Los científicos luchan contra reloj para detener este núcleo de proteína, rodeado de una capa de grasa, que no es viviente pero tiene la capacidad de reproducirse masivamente al ingresar al cuerpo humano por las vías respiratorias, a través de la boca, nariz u ojos, llegando a los pulmones, pudiendo anularlos saturándolos de líquido, lo cual impide al paciente respirar sin la ayuda de un respirador artificial. Aún con esa ayuda, su vida peligra, especialmente ante la presencia previa de otras enfermedades que debilitan el sistema inmunológico. Adicionalmente, puede contagiar a muchas personas, aún antes de conocer que está enfermo. Muchos no presentan síntomas y por tanto no están conscientes de ser portadores del virus.

Ante este panorama, nos asalta la pregunta sobre el futuro que nos espera. Los jóvenes tienden a minimizar el peligro, desobedeciendo en muchos casos las disposiciones de las autoridades; los niños son ajenos a la realidad; los adultos tienden a dejarse invadir por el temor, y los adultos mayores se sienten impotentes y desconcertados. Todos advertimos la presencia de algo inexplicable, invisible y peligroso. Rogamos que esta pesadilla pase lo antes posible. Angustiados por las escasas y cuestionables estadísticas del avance del mal, que dan cuenta de las decenas de muertes y contagiados que se acumulan, ante un sistema de salud desbordado, pese al heroico sacrificio del personal que se expone para salvar a sus semejantes.

El daño colateral que está causando esta pandemia, es material y afecta toda la estructura económica del país, tanto del sector público como privado. Es imposible cuantificar los daños hasta que no hayamos ganado la batalla. Se prevé que los daños serán de gran magnitud. Ante este panorama, sin dejar de luchar con toda nuestra capacidad para defender la salud y la vida, es necesario borronear las acciones que podremos tomar para reiniciar nuestra normal convivencia.

Las fortalezas que tenemos: un sistema financiero sólido y capaz de hacer frente a los desafíos del momento; la dolarización, que impide la impresión de papel moneda, que destruiría nuestra propia moneda; los recursos naturales, el recurso humano, la posición geográfica; las buenas relaciones con las entidades financieras multilaterales de desarrollo; un aparato productivo intacto, que debemos preservarlo a cualquier precio; el conocimiento para desarrollar muchos productos con gran demanda en el mundo.

Mientras que las debilidades serán: las pérdidas causadas por la paralización de la mayor parte de actividades; considerando que el país produce alrededor de trescientos millones de dólares por día, podemos estimar las pérdidas en al menos doscientos millones diarios; la nula capacidad de endeudamiento como país; la inexistencia de ‘fonditos’ que fueron dilapidados por los saqueadores de la década; el excesivo gasto público que no podemos pagar; el ínfimo precio del petróleo, que nadie sabe cuándo se recuperará.   

Partiendo de esta realidad, debemos construir una hoja de ruta que marque un objetivo común para un país que tiene lo necesario para salir adelante. Empecemos por construir un ‘pacto social’ que acoja a todos los actores y resuelva dejar atrás el pasado populista y demagógico que nos dejó desnudos ante una catástrofe que llegó sin  pensarlo.

¡ECUADOR ES VIABLE!(O)