Finalmente, llegamos a la recta final del año y nuestro cuerpo y espíritu están resentidos por las penas y angustias que cada uno ha vivido, aunque llevamos pequeños momentos de felicidad y realización, que deberían ser los que tengan memoria preferente. Mirar atrás, únicamente para aprender las lecciones que la vida nos deja. Por lo demás, debemos mirar adelante con optimismo y confianza en nuestra capacidad de salir adelante.
Importante es comprender la causa y efecto de las mayores angustias que la población ecuatoriana siente. Un aspecto prioritario es la economía. Global e individualmente, esta es consecuencia de la actuación de los grandes agentes económicos. El Estado con sus 4 niveles, es el más importante. Los recursos que inyectó a la economía desde 2007, provinieron del elevado precio del petróleo con el experimento populista más grande de la historia, despilfarrando todo lo recibido, más lo prestado del IESS, Banco Central, préstamos locales y externos, ventas anticipadas de petróleo y cualquier dinero que encontraban. El presupuesto del Estado creció en más de cinco veces. Así es como vivimos diez años como ricos, renegando de nuestra verdadera limitada capacidad económica.
La actual administración debió enfrentar una deuda monumental, restructurarla, buscar financiamiento para el déficit, que bordea cinco mil millones de dólares al año, reducir el tamaño gigantesco del aparato estatal y todo esto sin perder apoyo político de la población. Cosa casi imposible. Los ciudadanos difícilmente aceptamos que se reduzca la masa de dinero que inyecta el Gobierno, especialmente en burocracia, salud, educación, seguridad, seguridad social y muchos otros “Derechos” conquistados en el papel, que no tienen garantizado el financiamiento. Obviamente, nadie está dispuesto a sacrificarse. Todos nos acostumbramos a la vida que nos ofrecía el populismo y además lo consideramos “Derecho adquirido”.
Mientras que por otro lado, los políticos desde el banquillo de suplentes o la oposición, alimentan los resentimientos de los parroquianos y, poniendo el “dedo en la llaga” les recuerdan los perjuicios que injustamente están recibiendo, poniéndose en calidad de redentores, ofreciendo las pócimas y magia que puede acabar con las penurias, fácilmente, apenas les otorguen el codiciado poder. Este ejercicio sínico de demagogia y maldad, se agudiza al aacercarse las elecciones, tan esperadas por los candidatos al “sacrificio”.
El segundo aspecto de preocupación general es la falta de empleo. Esta es la consecuencia del desempeño de la economía. El Estado ha agotado su capacidad de engrosar la burocracia, generando empleo improductivo. Queda la esperanza en el sector privado, que lo hará en la medida que pueda tener las condiciones necesarias, competitivas con otros países de la región, para poner su capital en riesgo, a mediano y largo plazo. Es un proceso que, infelizmente, toma tiempo.
Bien se lo podría acelerar, dependiendo de la contundencia de leyes que construyan un entorno favorable, confiable y sostenible en el largo plazo. Penosamente, estos cambios deben pasar por el campo político, donde la visión de los actores se alinea con las metas individuales y partidistas de quienes deben tomar la decisión. Todo lo que les afecte en su imagen, no tendrá apoyo. No van a resolver aquello que no tenga apoyo popular. Por lo que, las medidas necesarias, aunque duras, no tendrán posibilidad de tomarse, como el caso de focalización de subsidios. Así, deberemos sobrevivir este año electoral, entre demagogia y populismo.
Pocas esperanzas nos quedan de cambiar las cosas. Nos sacamos la lotería o despierta el pueblo ecuatoriano para tomar decisiones valientes que pongan un freno al estancamiento, prescindiendo del criterio “formado” de los salvadores de la Patria. HAGAMOS USO DEL DERECHO A LA RESISTENCIA.
¡FELIZ AÑO 2020! (O)