Sin haberlo soñado, nos encontramos de manera súbita recluidos en ‘aislamiento voluntario obligatorio’ por disposición de las autoridades, como estrategia para combatir el covid-19. La incertidumbre de no saber qué esperar, causa inseguridad, que tal vez nunca hemos sentido en nuestro país ecuatorial. Las horas pasan, y nuestra mente no deja de elucubrar sobre el pasado y el futuro. Tenemos una sensación de impotencia ante la libertad que sentimos coartada, aunque comprendemos la necesidad de hacerlo. El confinamiento es individual para muchos, en pareja para otros y en grupo familiar para la mayoría. Aun así, empezamos a percibir la soledad en nuestro entorno.

Poco a poco, nos adentramos en nuestro espacio interior, tal vez de manera inconsciente, buscando respuestas a preguntas que no tenemos claras. Involuntariamente recorremos nuestras vidas, rescatando lo que nos ha producido alegría, sin dejar de revivir los episodios tristes. Sonreímos, desde el alma, con los gratos recuerdos. Afloran sentimientos de nostalgia. A ratos sentimos lo que vivimos en la niñez, juventud, adultez. Miramos fotografías borrosas pero llenas de valor sentimental. Así pasan las horas, los días y no sabemos si serán semanas. Es un ejercicio que no hemos practicado hace mucho, por ‘falta de tiempo’.

Para quienes guardamos aislamiento en pareja, se comparten muchas vivencias. Se produce una suerte de reencuentro, como fuera en época de noviazgo. Empezamos a ‘redescubrir’ quien es la persona que comparte nuestra vida. Comprendemos las actuales coincidencias y disidencias. Repensamos la relación. Sentimos el remordimiento de lo que no apreciamos o corregimos a tiempo. Poco a poco, sentamos las bases para fortalecer la relación, adaptándola al paso del tiempo.

Para quienes tenemos padres, hijos, nietos, el espectro se abre aún más, añorando el pasado y anhelando un futuro mejor. La tecnología nos ayuda a ejercer una vida ‘virtual’ que alegra nuestro espíritu, mientras nos protege. Son instantes de felicidad, que nos ayudan a valorar lo que tenemos cuando somos libres.

Las largas horas que parecen eternas, nos llevan a pensar lo que ocurre en el Planeta Tierra. Sentimos que algo lo estamos haciendo mal, como humanidad. Percibimos que los bienes materiales no son de mucha utilidad mientras no ganemos la batalla que nos tiene enclaustrados. No dudaríamos en sacrificar lo material para alcanzar la salud y superar el peligro que acecha ‘a la puerta de nuestra casa’. Volvemos la mirada a los científicos, rogando que logren descubrir la vacuna y la cura para el mal.

Inconscientemente, estamos cuestionando nuestra propia existencia como seres humanos, individual y colectivamente. Es lo positivo del alejamiento del mundanal. Descubrimos que somos parte de una población mundial que no está cuidando del único planeta que tenemos. Sentimos, de una u otra manera interior, la responsabilidad por el abuso de la Naturaleza. Percibimos que lo que enfrentamos es de alguna manera una respuesta a nuestro mal proceder. Nos resignamos a aceptarlo, haciendo promesas íntimas de cambio, si la vida nos da la oportunidad.

Esta amenaza ha puesto a prueba la capacidad de respuesta colectiva y de nuestras autoridades. Nunca antes hemos sentido una agresión masiva contra la nación, amenazando la vida de sus habitantes. Es una verdadera guerra, cuyas balas son invisibles, y los soldados visten mandil. La carga política de los mandatarios debería reducirse a cero. El país entero demanda acciones oportunas, pero no responde disciplinadamente en respeto a la salud colectiva. Debemos cuestionar quiénes somos como sociedad, y a dónde vamos. El paraíso en que vivimos, debemos recuperarlo. Es hora de definir el rumbo que seguiremos. La reconstrucción de lo perdido se logrará con el trabajo de los ecuatorianos.

¡No hay espacio para la demagogia!(O)