Dicen que los seres humanos, como consecuencia de la rutina, la edad o diversos factores externos, sufrimos cada cierto tiempo experiencias caracterizadas por frustración, indecisión e inestabilidad. Existen momentos en la vida donde nos convencemos que somos inmunes a los errores y los problemas; que nada nos pasará porque en nuestro pensamiento “somos perfectos” y vemos a modo de espectador  que las complicaciones son solo para los otros. Nos aferramos a los planes; analizamos metódicamente las circunstancias y los tiempos de nuestra vida, con el afán de alcanzar nuestros objetivos como dé lugar; hasta que así de la nada sucede algo inesperado que derrumba nuestros castillos de sueños y tenemos que abrir los ojos a la fuerza para darnos cuenta que somos un alumno más de la vida.

Quizá este episodio de enfermedad e incertidumbre es uno de ellos. Un evento que, sin duda,  pone a prueba nuestro carácter y fuerza de voluntad. Me atrevería a decir que nos encontramos en un proceso permanente de aprendizaje y aunque resulte irónico, justamente en aquellos puntos donde somos más sensibles o débiles, la vida nos está dando la situación necesaria para que podamos mejorar y aprender. Es así que si necesitábamos ser generosos, se están presentando las experiencias o situaciones suficientes para aprender a actuar con esta cualidad. Si no valoramos lo que está a nuestro alrededor, hemos tenido que evidenciar perdidas valiosas, en nosotros  mismos o el resto, solo así darnos cuenta que cada instante importa. De manera que cada episodio negativo o frustrante, hoy más que nunca, se está convirtiendo en una enseñanza.

Siempre he pensado que los distintos eventos en nuestra vida  no son casualidades sino causalidades; todo pasa por algo. Los conflictos, problemas, decepciones o todo aquello que relacionamos a la tan temida mala suerte, aunque nos resulte cruel puede ser una efectiva manera para forjar nuestro carácter. Quisiera pensar que estos últimos sucesos en la historia de la humanidad, aunque nos resultan desagradables, dolorosos e implican nuevos desafíos, son parte de un proceso de aprendizaje que nos hará mejores personas .

Porque cuando cruzamos momentos difíciles nos sentimos agobiados, frustrados, molestos, heridos e indignados; no entendemos por qué algo así nos puede pasar. Cuando la situación se nos va de las manos, nos agobian cientos de preguntas. ¿Qué hubiera pasado si hubiera actuado de tal manera? ¿Por qué no dije esto o aquello? Miles de suposiciones pueden invadir nuestra mente con el afán de darnos cierto consuelo y olvidarnos de nuestra realidad. Por desgracia, no podemos vivir de situaciones imaginarias siempre y  existen solo dos alternativas: continuar en el letargo de autocompasión, drama y catástrofe; o llenarnos de valor y afrontar la realidad con todas las responsabilidades que conlleva.  Muchas veces cuando afrontamos problemas, nos falta paciencia y confianza para comprender el por qué y para qué de dichas experiencias, existe una razón de ser. Mientras duran las dificultades, es importante confiar en nuestro instinto, la sabiduría del universo, el karma, Dios; el nombre es lo de menos.  Todo aquello que nos sucede tiene una razón y resulta como parte de una respuesta de la vida para convertirnos en mejores personas. Así que en lugar de deprimirnos, afrontemos este reto con responsabilidad y solidaridad, seamos fuertes y valientes, valoremos lo que somos y lo que tenemos, sigamos adelante… Aunque no lo entendamos ahora, con el tiempo veremos que quizá todo esto sucedió por algo y nos está convirtiendo en mejores personas.(O)