Tras ocho meses de la declaratoria de Estado de Excepción para enfrentar la emergencia sanitaria derivada de la presencia inesperada de un virus originado en Oriente, la economía ecuatoriana se encuentra con “pronóstico reservado”. Los daños son cuantiosos y abarcan todas las actividades productivas que generan empleo, impuestos, dinamizan la economía y promueven el crecimiento, que redunda en beneficio de toda la sociedad. El primer objetivo ha sido el combate a la pandemia, mientras que el segundo es preservar las fuentes de ingresos que sustentan los hogares.

Sobre lo primero, los resultados son mediocres por la falta de reacción oportuna del Gobierno Central, que no estaba preparado para la demanda de servicios que requirió la población de forma inesperada. Tampoco ha sido general la respuesta de los habitantes amenazados, pues la indisciplina, la negligencia y el relajamiento de las medidas de bioseguridad han sido evidentes y crecientes, desafiando al invisible enemigo. En cuanto a lo segundo, la reactivación económica, se han escrito unas pocas líneas tenues que no se compadecen con la cruda realidad, que ha golpeado de manera inimaginable la economía, en todos sus estratos.

El Gobierno Nacional inició un proceso exitoso de restructuración de deudas, especialmente externas, que le han permitido diferir los compromisos de pago que se venían, dejando el camino allanado con los tenedores de bonos soberanos, es decir acreedores privados, para que los dos gobiernos venideros no tengan que amortizar capital. Ha conseguido el pago de un poco más de 15 000 millones de dólares entre 2030 y 2040. Por otro lado, las deudas con las Entidades Multilaterales de Desarrollo no son refinanciables, pues desde su origen son estructuradas a largo plazo y con intereses propios de la banca de desarrollo, que son bajos. Finalmente, la deuda con China ha sido extendida a mediano plazo, pues ese Imperio no es muy flexible con ningún país para adaptarse a otras condiciones que no sean las definidas por ellos, que involucran corto plazo y alto costo.

Todos esos esfuerzos no han llegado al sector privado, que sigue esperando le llegue su turno, ofrecido desde los primeros días de pandemia, que se ha quedado en eso, meros ofrecimientos. La banca pública anunció a los cuatro vientos la apertura de líneas de crédito para todo tamaño de necesidades económicas, con agilidad, bajo costo y plazo razonable. Sonaba como música para los oídos de los angustiados empleadores, empresarios y emprendedores, que desde el confinamiento veían crecer sus obligaciones y desaparecer sus ingresos. Penosamente, esas ilusiones se desvanecieron con el paso del tiempo, mientras las condiciones económicas se deterioran más,  día a día.

Para colmo de males, ha empezado una guerra de acusaciones con motivo de una campaña política que beneficiará a la clase política, pero ahondará la penosa situación económica por falta de atención desde los poderes saliente y entrante.

¡No podemos continuar así! El país ha perdido más de 10 000 millones de dólares, más de quinientas mil plazas de trabajo, y el poder adquisitivo de la población está mermado. Para salir de esta angustiosa situación se requieren “recursos económicos frescos”, que el sector público no está en capacidad de aportar. Tampoco existen en la banca nacional al costo y plazo adecuado. Queda entonces, buscarlos en entidades internacionales de desarrollo y Gobiernos que están en capacidad de financiarlo. Adicionalmente necesitamos mayor INVERSIÓN PRIVADA, que no vendrá al país mientras no cese el ambiente hostil que el populismo promueve en busca de votos clientelares, para desviar la atención de la incapacidad de construir un país sostenible. Basta de demagogia.

¡ES URGENTE FINANCIAR LA REACTIVACIÓN! (O)