Creo que todos estamos más o menos al tanto de los reclamos que hacen diferentes grupos sociales a las autoridades. Claro, siempre hay alguien disconforme reclamando algo que considera es su derecho. Pero, seamos honestos, la mayor parte del tiempo no existen estos derechos y, aunque existieran, lo que se reclama es realmente inútil y no soluciona el problema real.
En el caso de la producción de leche, por ejemplo, se reclama que el Estado fije un precio mínimo al litro del alimento. Pero, seamos sinceros, el problema con la leche, como con todos los otros productos agrícolas, no es el precio de compra, sino la cadena de intermediarios que mantienen bajo el precio de compra y muy caro el precio de venta. Es torpe pedir un precio fijo, cuando el mercado pondrá el mejor precio sin necesidad de intervención del Estado. Lo que debe solicitarse es una reducción de trámites y costes burocráticos para que las asociaciones de productores puedan instalar plantas de proceso y vender un producto final de forma directa. Los precios se regularán solos, en beneficio del productor y también del consumidor final.
Recuerdo hace unos años, el gremio del taxismo de Latacunga reclamó que se suba la tarifa mínima de un dólar a un dólar con veinticinco centavos. No ganan nada, pues acá nos mal acostumbramos a pagar tarifas mínimas en casi cualquier recorrido en lugar de pagar lo que realmente cuesta. Lo que debían haber reclamado al municipio es una campaña fuerte que acostumbre a la sociedad a usar el taxímetro. Así ganaba el taxista y el pasajero, porque las carreras largas seguro cuestan más de un dólar y veinticinco centavos, y una carrerita de un par de cuadras costaría solo un dólar. Aunque no lo crean, por esos veinticinco centavos, hay gente que prefiere caminar.
Siempre reclamamos que se eleve el sueldo básico. Esto es absurdo por un simple motivo: con sueldos más altos para mano de obra no calificada, las empresas no pueden mantener sus costos de producción y eventualmente deben cerrar, lo que significa menos puestos de trabajo. Es decir, elevar el sueldo mínimo es una maniobra suicida. Lo que debe reclamarse es una reducción de los costos de producción no vinculados a sueldos (insumos importados, beneficios tributarios, reducción de la burocracia, etc.) de forma tal que las empresas puedan crecer, así habrá más puestos de trabajo. Además, una empresa que crece empieza a requerir mano de obra especializada, y un obrero especializado cobra más, aunque no lo diga la ley.
En los temas de seguridad, es verdad, a corto plazo necesitamos mayor y más fuerte presencia de la fuerza pública. Aunque luego reclamaremos respeto por la integridad de los antisociales. Pero a largo plazo, la delincuencia se resuelve con política de educación salud y política laboral.
El transporte reclamó y obtuvo beneficios enormes en el tema de reducción de puntos a la licencia. Hoy, en nuestro país, es virtualmente imposible quedarse sin licencia de conducir. Los puntos no se acaban nunca. La sociedad reclama más policías de tránsito. Y lo que deberíamos reclamar es un sistema único de puntos, que al perderlos no se pueda volver a tener licencia al menos dos años, sistemas GPS activos en todo el transporte público y, sinceramente, la desaparición de entidades como ANT y CTG que se han convertido en un centro de controversias.
Reclamamos más inversión en lucha contra las drogas, cuando los que tienen problemas serios de consumo con los gringos. Y los problemas que sí tenemos acá se resuelven con inversión pública en centros de rehabilitación de adictos. La lucha contra las drogas no resuelve el problema de adicción y genera violencia.
Reclamamos que los políticos se bajen el sueldo, cuando solo debemos reclamar que trabajen bien. Si no hay buenos sueldos en la administración, no podemos esperar que profesionales competentes dejen sus negocios privados para ir a la pública. Si con buenos sueldos estamos llenos de pendejos en la administración, peor con menores salarios.
Y así, podríamos seguir de largo poniendo ejemplos de cómo somos de torpes a la hora de pedir. Es que no sabemos lo que necesitamos, nos quejamos porque todos se quejan, sin un criterio propio y sin sentido común.
Finalmente este es el único problema que tiene el Ecuador: somos ignorantes y no sabemos cómo funciona el Estado ni qué es lo que debemos reclamarle. Por eso estamos como estamos. Lo primero es salir de la ignorancia, interesarnos verdaderamente por la política y decidir en base a criterios adecuados.
Mientras, a seguir poniendo pendejos en los cargos públicos. (O)