La ciudad de Latacunga, hidalga y hospitalaria, ciertamente tiene un atractivo singular y único, que la hace merecedora de la admiración de propios y extraños; aquellas personas que la han visitado, saben muy bien apreciar su especial hermosura, valor histórico y estético.

Sentir esa magia inspiradora y abrasadora que ofrece volver a recorrer sus calles angostas y apacibles; disfrutar de la sobriedad de su centro histórico -donde destaca su espectacular parque y monumento-; contemplar sus bellas y sobrias iglesias; visitar los jardines, patios y aulas del centenario Colegio “VICENTE LEÓN”, nos llena de nostalgia, porque acaricia nuestro corazón, y nos hace volver a vivir pasados momentos de completa armonía y felicidad.

Los que salimos muy jóvenes de la ciudad, por la razón que fuere -cuyo destino buscado y encontrado fue estudiar y formar familia-, no hemos dejado de quererla y añorarla, ya por su gran señorío, por los inolvidables recuerdos de la otrora irrepetible niñez y juventud, ya porque la sentimos parte integrante de nuestro ADN.

Por todo ello, nos manifestamos dolidos por sus necesidades preteridas e injustamente insatisfechas. También alzamos nuestra voz de reclamo por la indolente falta de preocupación de quienes están obligados a atenderlas. Hemos opinado que la ciudad tiene sobradas e inmejorables condiciones para que se constituya en un importante destino turístico; posee tantos atractivos singulares que la naturaleza por fortuna la rodeó, como bienes patrimoniales e históricos de primer nivel.

Es preciso que las autoridades adopten las acciones necesarias en pro de su conservación y mantenimiento. Son bienes históricos invalorables que pertenecen a la ciudad, y, en esa línea, obligados estamos a reclamar por su atención. En un artículo anterior había sugerido, como objetivos a concretar, que se coordine adecuadamente para “trabajar en la búsqueda de inversiones en actividades económicas”; “posicionar a Cotopaxi en los circuitos nacionales e internacionales”; y, “restaurar sus bienes históricos y culturales”.

Cómo no preocuparnos por el estado de deterioro y descuido en que se encuentra, por citar dos ejemplos, la hacienda Tilipulo y el admirado colegio “Vicente León”, incluido su teatro, otrora muy bien conservados. Es de reconocer que hay excepciones, como la “Casa de los Marqueses”, pues hubo alcaldes que tomaron en serio su responsabilidad y la restauraron.

El centro histórico, perfectamente delimitado (por el norte, calle Juan Abel Echeverría; sur, calle Marqués de Maenza: este, calle Napo; y, oeste, calle 2 de Mayo), es uno de los mejores del país, por su diseño, colorido y esbeltez. En este se encuentran bienes patrimoniales únicos, y casas con arquitectura del siglo XIX que, con adecuado y profesional guiamiento, puede ser parte de un gran programa de gestión para visitantes nacionales y extranjeros.

Hay que crear campañas para poner en ejecución buenas prácticas turísticas por parte de los ciudadanos, y así evitar el continuo deterioro de la ciudad.

Como recordar es evocar hechos pasados -grabados en nuestra memoria-, el anhelo, como deseo utópico, puede cristalizarse en la medida que lo concretemos en hechos tangibles. Provoquemos entonces sensaciones mutuas para que estos recuerdos se conviertan en acicate y estímulo vívido. Así, los anhelos permanentes de Latacunga se concretarán para disfrute de propios y extraños.(O)