El gobierno ecuatoriano, haciendo ejercicio de su soberanía, ha resuelto retirar la nacionalidad concedida de manera “irregular” al hacker Julian Assange, por la sandinista María Fernanda Espinoza, abusando de su ex función de Ministra de Relaciones Exteriores. Seguidamente, ha dado por terminado el asilo político concedido de manera obscura por los camaradas Rafael y Vicky, quienes se beneficiaron de su silencio sobre los pecadillos de los socios de UNASUR, y la develación de secretos de Estado de grandes potencias que no son compatibles con los herederos de Fidel.
Luego de 6 años y 10 meses de brindarle un cuartito con baño privado, de forma gratuita, protegido por la inmunidad del espacio diplomático, habiendo soportado toda suerte de insolencias que sus abogados han pretendido justificar, al tiempo de amenazar a nuestro país con acciones legales que podrían ocasionarle graves consecuencias económicas, el presidente Moreno se sobrepuso a la amenaza insinuada al violar su intimidad familiar y tomó la decisión largamente esperada.
Rafael y sus amigos, naturalmente, pondrán el grito en el cielo. Ellos saben que han perdido un espacio virtual estratégico que les ha servido para protegerlos y para atacar a sus enemigos políticos. Muchas teorías de defensa de los Derechos Humanos se esgrimirán. Pero las cartas están hechadas. Assange deberá enfrentar a la justicia y lo que devenga será de su exclusiva responsabilidad, considerando que actuó con plena conciencia y debe responder por los actos que se le acusan, como todo ciudadano, en cualquier país civilizado. Corresponde ahora, investigar las circunstancias en que se le concedió la nacionalidad. Existe la presunción del cometimiento de un delito grave por parte de altos funcionarios públicos, que podría ser de traición a la Patria, como ocurriera hace 125 años con “la venta de la bandera”.
El más bochornoso escándalo en la vida política y diplomática del Ecuador, ocurrió en 1894 mientras gobernaba Luis Cordero Crespo. Fue tan grave este hecho, que precipitó la caída del gobernante conservador y facilitó que se instituyera la revolución Liberal de Eloy Alfaro por los próximos 17 años. Estando en guerra el Japón con la China, había el interés de Chile por vender a Japón el crucero de guerra “Esmeralda”. Sin embargo, no lo podía hacer directamente, pues Chile había declarado su neutralidad en ese conflicto.
Un agencioso político, José María Plácido Caamaño, que fungía de gobernador del Guayas y había sido presidente del Ecuador, interpuso sus “buenos” oficios con la ayuda del cónsul ecuatoriano en Valparaíso, Luis Noguera. Gestionaron la venta ficticia de la embarcación, de Chile a Ecuador, que le permitía surcar los mares con la bandera ecuatoriana, para inmediatamente revender el barco al Japón con un precio “reajustado” en 80 mil libras esterlinas que se quedaron como compensación por el servicio prestado. El gobierno del presidente Cordero feneció para dar paso al general Eloy Alfaro.
Ecuador es un país que se esfuerza por consolidar una democracia sostenible. Debe preocuparse de su futuro y resolver sus problemas casa adentro, antes de resolver los enredos de mafias informáticas que se enfrentan a los poderes de grandes naciones. Tenemos suficiente con nuestros problemas domésticos. Hicimos mucho por un errante prófugo de la justicia acusado de dos delitos sexuales que, en lugar de respetar a su país protector, abusó de su generosidad y atentó contra su propia seguridad, sin medir las consecuencias largamente anunciadas. El ataque de socialistas del siglo XXI en represalia de lo ocurrido con su cómplice, no cesará contra nuestros gobernantes. Mientras tanto, ha quedado desolada la pieza con baño privado, en la sede diplomática, hasta que llegue otro inquilino.(O)