A escasas horas de cerrar la campaña política más concurrida de la historia, con más de ochenta mil candidatos de todos los colores y sabores, en una guerra de todos contra todos, con redes sociales colapsadas por la morbosidad reflejada en páginas falsas, memes, clonaciones, noticias inventadas y muchas otras, es justo y necesario hacer un balance, antes de que el tiempo se lleve los sentimientos que nos ha generado.
Las leyes terrenales no permiten que un simple ciudadano, por muchos méritos que pueda ostentar, se presente en una lid electoral. Necesariamente debe “asumir” una ideología partidista, para lo cual tiene una extensa gama de movimientos y partidos, cada uno con su ideología formalmente declarada ante el CNE; o puede simplemente pedir el “respaldo” de uno de ellos. Esta es la artimaña urdida por los “grupúsculos de poder” que han concebido esta forma de garantizar su control, seguramente “por nuestro bien”.
Al acercarse la fecha máxima de inscribir candidatos, las tiendas políticas son visitadas por muchos nuevos creyentes que, de la noche a la mañana, han recibido la inspiración para “convertirse” a esa ideología y prepararse para “el sacrificio de servir desinteresadamente al pueblo”. Ni cortos ni perezosos, los emocionados dirigentes les abran las puertas y les acogen con entusiasmo para llenar las múltiples vacantes en las listas y así salvar el prestigio bien venido a menos de la decadente organización que representan.
Así es como se inician una cantidad de sonrientes novatos en la búsqueda de la función pública que “desde niños han soñado” y así sentirse realizados, al menos individual, social y económicamente. Adoptan poses de intelectuales, se someten a procesos de “alto tuneaje” en la fachada, la ropa, el tono de voz, los gestos y todo lo que sus asesores de imagen les imponen, basados en encuestas improvisadas o simples chismes que en esta época afloran como pasatiempo preferido. Con la mirada al infinito, posan para inmortalizar su paso por esta etapa de la historia, en carteles de toda forma y tamaño para que sea grabado en la mente de los impresionados votantes.
De a poco enfrentan los cuestionamientos de los parroquianos, quienes con mucha apatía y recordando las decepciones que han vivido, arremeten con acusaciones, dudas, preguntas, esperando conocer los beneficios que le tocarían si el candidato llega al poder. Así es como se inicia una especie de “subasta” en la que la multitud de candidatos a todo, ofrecen de todo, y de a poco suben la oferta al ritmo que le exigen sus competidores.
La improvisación es pan de todos los días. Ningún candidato se va a negar a sentenciar cuál es el problema y la solución para la situación que le ponen delante. Todo problema se resuelve, en teoría, de un plumazo. No se advierte la necesidad de criterios técnicos, ni de otros actores políticos y peor del estupefacto pueblo que no termina de ubicarse, como mandante, en esta democracia participativa. Parecería que estamos eligiendo un pequeño Emperador que lo debe saber todo y nos va a resolver todo lo que nos falta para ser felices.
Con este escenario tan crudo y real, nos preguntamos ¿Dónde están las ideologías que guían la acción de los innumerables movimientos y partidos políticos? ¿Acaso no se han convertido en simples empresas electoreras que acomodan el discurso de sus marionetas a lo que conviene para alcanzar el voto popular? Sería mucho más honesto y transparente dejar de lado las trasnochadas consignas políticas que han dividido nuestra sociedad y hablar de cosas básicas olvidadas, como principios y valores. ¡QUE EN PAZ DESCANSEN LAS IDEOLOGÍAS!(O)