Con un beso lleno de nostalgia, el soldado deja atrás su hogar y sus seres amados, para enfilarse a defender con su vida aquello en lo que cree, a sabiendas de que puede ser la última vez que lo haga. El llamado de la Patria es más fuerte que las debilidades del cuerpo, avejentado por el paso de una vida de lucha. El horizonte sigue siendo tan nítido como ha sido toda su existencia. Se entrega con alma y vida para alcanzar el objetivo sagrado, rescatar a la Patria de las garras de la corrupción.
El guerrero Julio César de nombre, y “Patriota” de apellido, partió a librar la última batalla un día cualquiera en que la trama corrupta tenía un plan diabólico para acabar con su incómoda existencia, que les había desafiado desde hace ya 16 meses, sin amilanarse, a pesar de las agresiones permanentes por medio de los tentáculos ocultos, sembrados por la corrupción en una década de separatismo y odio político.
Para quien tiene honor, la simple insinuación de acusación por delitos que le imputen, causa una profunda aflicción que puede alterar hasta la muerte del cuerpo y espíritu, como efectivamente le ocurrió la tarde del fatídico 13 de mayo, en que por exceso de delicadeza se presentó para anunciar la razón de demora en posesionar a los nuevos miembros del Consejo que fueron elegidos, pero aún no legalizados por el Consejo Nacional Electoral.
La corrupción ha cobrado una víctima más, en la persona de un ciudadano ejemplar, que a sus 88 años y sin tener ninguna otra razón de intervenir que no sea su convicción patriótica, lideró las huestes de ecuatorianos que resolvieron ponerle fin a la década más obscura que ha vivido el Ecuador en manos de la corrupción, que no ha saciado su apetito voraz por coptar todos los poderes en beneficio de un puñado de malhechores Castristas, Chavistas y Maduristas bajo la fachada del genocida Socialismo del Siglo XXI.
Podrán haber logrado la muerte corporal, pero las ideas y el espíritu de lucha contra la corrupción jamás, pues han sido sembrados en los corazones de los ecuatorianos que sueñan con una vida pacífica, hermanados para combatir la pobreza, la desigualdad, la injusticia, la falta de educación, la desnutrición. Su liderazgo vivirá como referente para librar cuantas batallas nos depare el destino. Su valentía inspirará las generaciones que tomen su posta, enarbolando la bandera de la lucha por valores que desaparecieron.
La misión a cumplir es grande. Apenas ha empezado el largo camino para alcanzar un desarrollo sostenible que aleje las grandes amenazas para los ecuatorianos. La construcción de un futuro digno está en nuestras manos. El rumbo ha sido marcado por Julio César. Construir un Estado transparente, que erradique la corrupción, con independencia de poderes, que obedezca a la voluntad de sus habitantes, que ofrezca oportunidades para todos, que no sea preso de intereses ocultos, de fuerzas opresoras contaminadas por las lacras sociales de este siglo.
Cerremos filas para suplir la falta del líder que ha caído. Fortalezcamos nuestra convicción con el ejemplo de entrega que nos legó. Lo ocurrido amerita una reorganización de fuerzas para encontrarnos como compatriotas en la búsqueda de objetivos de largo plazo, blindando nuestro emergente, pequeño y hermoso país al modelo hegemónico, fracasado en países hermanos que, cual conejillos de Indias, nos quisieron imponer. El camino está trazado y no hay regreso hacia un pasado que debemos recordar, sin retorno, hasta que nos toque ser relevados por soldados de la democracia que sigan la brecha.
¡DIOS LE TENGA EN SU GLORIA A JULIO CÉSAR!(O)