Latacunga, como la mayor parte del mundo, ha vivido los últimos dos años dando guerra al indeseable virus y aún no puede declarar victoria. Esta atención prioritaria de los cuatro niveles de gobierno en los temas urgentes, ha desviado la atención de temas importantes, como es el caso del Centro Histórico de la capital cotopaxense. Aunque no podemos descuidar el combate a la pandemia, es justo y necesario volver la mirada hacia aquello que puede mejorar la calidad de vida de sus habitantes.

La temática se incluye dentro del ámbito del turismo, que debe convertirse en pilar de la reactivación económica en nuestra provincia. La “industria sin chimeneas” es un polo potencial de desarrollo, que está latente en el territorio mashca, en espera de despertar por acción de sus habitantes. La iniciativa debe provenir del sector privado, acompañado del sector público, según sus competencias. Los elementos culturales y naturales que adornan este cantón son bastos. Analicemos las bondades del Centro Histórico.

Un puñado de manzanas dibujadas con marcado estilo colonial, heredado de la Madre Patria, nos traslada a aquella época y nos permite sentir el aire que cobijaba a los pocos parroquianos que vivían en lo que puede considerarse un gran monasterio, dada la presencia de tantas iglesias en un espacio tan reducido. Es evidente la pasión que todo artesano ponía en cada elemento que adorna a las edificaciones. Cada ventana, puerta, zaguán, patio, cornisa, columna, grada, pileta, en fin… tiene su gracia y se convierte en pincelada que adorna el entorno. A ello se suma el toque de naturaleza viva, que desde una maceta, jardinera, o jardín le imprime vida. Complementa el cuadro, la presencia de pajarillos que revolotean, manifestando alegría por su hábitat.

Los majestuosos templos católicos ofrecen un aire de espiritualidad y pertenencia en el tiempo a los transeúntes, que independientemente de sus creencias religiosas, respiran una dimensión intangible que diferencia al ser humano de otras especies animales. Las expresiones artísticas plasmadas en sus estructuras, esculturas, pinturas, bóvedas, altares, puertas, reclinatorios, púlpitos, tragaluces, campanarios y todos los elementos decorativos, componen un espacio que invita a la meditación individual. Los ritos conservados por más de dos mil años, que convocan a los feligreses para renovar su fe en la esperanza de días mejores, son dignos de respeto y dignos de observar.

Derivado de las creencias religiosas, se han construido manifestaciones populares folklóricas desde hace más de un siglo, convirtiéndose en patrimonio cultural que propios y extraños disfrutan como una expresión espontánea que, con algarabía, alegra el espíritu. El colorido y las cadencias al ritmo de composiciones musicales que salen de las entrañas de los integrantes de las comparsas, impresionan a los visitantes. La riqueza cultural se expresa en múltiples actores que representan caracteres que se niegan a desaparecer.

Todas estas vivencias constituyen atractivos para turistas ecuatorianos y extranjeros, hacia quienes debemos enfocar los esfuerzos para convertir a este hermoso Centro Histórico en un polo de desarrollo sostenible. Debemos empezar por reconocer lo que tenemos. Inventariar lo que existe y lo que falta. Aquello que debe ser corregido, por el irrespeto que se ha dado al afectar estructuras patrimoniales. Rescatar cada esquina, plaza, parque, callejón, devolviéndoles en lo posible su diseño original. Resaltando los espacios acogedores, representativos, históricos, etc. que se han perdido en el bullicio arquitectónico “moderno”.

Las artes deben tomarse este espacio, para disfrute de todos. Expresiones de danza, música, pintura, escultura, gastronomía, deben ocupar unas pocas calles peatonizadas, al menos un día, semanalmente. Los niños, adultos mayores y núcleos familiares deben apropiarse del espacio que les pertenece y vivir una experiencia única.

¡RESCATEMOS ESTA JOYA! (O)