Gran júbilo causó en el mundo futbolizado la noticia sobre el rescate exitoso de doce niños, miembros de un equipo de fútbol y su entrenador, un joven de 24 años de edad. No podía ser de otra manera. El ser humano tiene la inclinación a solidarizarse con el más débil, aunque en el vivir cotidiano no encontramos tiempo para dolernos por el dolor ajeno.
Gracias a la tecnología de la información y a la cobertura global que se dio a este triste episodio para trece familias que habitan en Tailandia, el mundo entero pudo seguir paso a paso las incidencias del rescate, desde el milagroso hallazgo del sitio casi inaccesible en que se habían refugiado los extraviados, luego de nueve días de sobrevivencia extrema, sin alimento, ni luz y casi sin aire.
El mundo se regocijó al unísono al escuchar la feliz noticia de que fueron devueltos a su seno familiar, sin que se haya distinguido raza ni posición social, pues se trataba de seres humanos frágiles por su edad, cuyas vidas estuvieron en grave peligro. ¡Qué alegría nos transmite este suceso!
Meditándolo bien, existen millones de niños cuya existencia se encuentra en grave peligro, y no merecen la atención del mundo. Solamente debemos mirar en nuestro propio entorno para descubrir aquellos seres vulnerables que piden ayuda, por múltiples razones, y no son escuchados. La sociedad se ha tornado tolerante e indolente. El dolor ajeno, es eso, ajeno. Solamente el 40% de la población en edad de trabajar en nuestro país, que supera los quince años de edad, tiene el “privilegio” de contar con un empleo adecuado, es decir que la mayoría no goza de estabilidad en sus ingresos. La pobreza es la primera causa de la inestabilidad familiar, emocional, social y económica. Por tanto, el primer objetivo de la sociedad debería ser la creación de oportunidades y que toda persona pueda valerse por si misma, para sostener su unidad familiar.
Las consecuencias de la falta de empleo alcanzan a los más vulnerables. Esta es la causa de mendicidad, trabajo infantil, violencia intrafamiliar, delincuencia, alcoholismo, drogadicción y muchas formas indeseables de escape a esa dura realidad. Si reconocemos esta causa y efecto, podremos empezar a darle solución a esta triste realidad, caso contrario seguirá siendo la fuente inagotable de votos para los desalmados populistas que ponen el dedo en la llaga, en su propio beneficio, pues no les interesa buscar la solución sino vivir del problema con ofertas demagógicas paliativas que no pueden ser sostenidas en el tiempo.
¿Acaso no somos capaces de dejar de hablar, si acaso, y empezar a actuar para dar soluciones reales a tantos niños que claman por ayuda? Nos acercamos a una lid electoral, de la que saldrán elegidos quienes tendrán el poder político para actuar desde ese espacio, administrar los fondos públicos y marcar el rumbo de su gestión por cinco años. Es AHORA cuand0 debemos demandar propuestas claras que incluyan a todos los habitantes del territorio. No deberíamos aceptar elaborados discursos que se concentran en dramatizar los problemas para ofrecer soluciones demagógicas que solo buscan el votito, para luego pasar cinco años buscando excusas para su incumplimiento. Los problemas sociales son reales y necesitan soluciones reales. Los gobiernos seccionales son autónomos y tienen competencias exclusivas y concurrentes, dentro de las cuales deben asumir el compromiso de darnos soluciones en busca de mejorar la calidad de vida para TODOS. Si bien esto no es alcanzable en un solo período de gestión, fijar el rumbo correcto es indispensable para resolver estos problemas, paulatinamente pero con eficacia.
¡Rescatemos a nuestros propios niños!(O)

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