Los largos años al servicio de la comunidad desde la trinchera del periodismo nos han dado la experiencia para saber lo delicada que es la función de informar a la opinión pública.

Si bien es cierto cada persona tiene derecho a pensar y expresarse como quiera, también es cierto que el respeto y la responsabilidad deben marcar el derrotero por el cual la puesta en forma de los mensajes periodísticos, ya sean informativos o de opinión contribuyan a fortalecer la democracia y la vida de todos  los ciudadanos.

El insulto y la prepotencia no son el camino para reconstruir un país carcomido por el odio impuesto por una ideología  perversa por más de diez años, muchas brechas se abrieron y ahondaron; pero la lógica social y política impone otra forma de conducta en pro de cambiar el estado de cosas.

Sin lugar a dudas un personaje público siempre estará expuesto al escrutinio popular y esa esfera de su personalidad es por consiguiente pública; pero hay límites, y quienes formamos parte de los medios de comunicación sabemos que hay un deontología que marca nuestro trabajo profesional y que impone el respeto debido a la persona  en su esencia.

Pensar en volver a coartar la libertad de expresión por el despiste de algunos sería una aberración. La opinión pública ha dado su veredicto de rechazo al insulto innecesario y los hechos han demostrado que la autorregulación de los medios es necesaria para encausar una producción informativa de alto nivel.

Que quede claro que el trabajo investigativo de la prensa y su papel crítico frente a los álgidos temas sociales no puede suspenderse jamás. Quien se sienta perjudicado deberá canalizar su protesta por los caminos legales, es de justicia. (O)